«Mujeres desesperadas», un cuento de Samanta Schweblin [Comentado]

SAMANTA 1

Presentamos nuevamente un cuento de Samanta Schweblin, escritora argentina que este año fue finalista del premio Man Booker International, por la traducción al inglés de su novela Distancia de rescate (2014). El cuento que compartimos en esta ocasión, pertenece a su primer libro de relatos, El núcleo del disturbio, publicado por Destino Ediciones en 2002.

El comentario al pie es de Georgina Fooks.


MUJERES DESESPERADAS

Samanta Schweblin

Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.

Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:

-No vuelven- dice una mujer.

Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.

-La ruta es una mierda- dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca- Una mierda. Lo peor…

Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.

-¿Y qué? ¿Vas a esperarlo?- dice la mujer.

Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.

-Nené- dice la mujer, y le ofrece la mano.

Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.

-Mirá- dice Nené; se sienta junto a Felicidad- voy a hacértela corta- pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras- se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.

Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.

-¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!

Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.

-Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… -se interrumpe, parece dudar, y pregunta- ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.

-Hola… ¿Te llamabas…?

-Fe, li…- trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase- cidad.

-No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.

Felicidad empieza a llorar.

-No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!

Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.

-No puedo creer, que él…- respira- que me haya…

Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:

-¿Desconsiderada!- le grita, pero después se incorpora y la alcanza- espere… No se vaya, entienda…

Nené camina ignorándola.

-Espere- Felicidad vuelve a llorar.

Nené se detiene.

-Callate- dice- ¡Callate tarada!

Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.

-Callate y escuchá.

Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.

-Bueno, ¿y? ¿Lo sentís?- mira hacia el campo.

Felicidad la imita, intenta concentrarse.

-Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.

Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.

-Lloran…- dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.

-Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?

Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.

-¿Y a todas las dejan?

-¡Y todas lloran!- dice Nené.

Entonces gritan:

-¡Psicótica!

-¡Desgraciada, insensible!

Y otras voces se suman:

-¡Dejános llorar, histérica!

Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:

-¿Y qué hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?

-¡Tomate un calmante! ¡Loca!

Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.

-¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!

-Vení, dale. A ver cuánto te dura esta nueva amiguita…

-¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!

-¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!

Algunas voces dejan de gritar para reírse.

Nené se deja caer y se sienta resignada.

-¡Déjenla en paz!- dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.

-Hay… Que miedo…- dice una de las voces- así que ahora tenés compañerita…

-Yo no soy compañerita de nadie- dice Felicidad- sólo trato de ayudar…

-Ay… Solo trata de ayudar…

-¿Saben por qué la dejaron en la ruta?

-¡Por qué es una morsa flaca!

-No, la dejaron porque…- se ríen- …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito…- vuelven a reírse.

Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.

-¡Por qué no se callan, cotorras!- grita Nené.

-¡Ya te vamos a agarrar, turra!

Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.

-¿Cuántas son…?- pregunta.

-Muchas- dice Nené- demasiadas.

Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.

-¿Qué hacemos?- insiste Felicidad.

Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.

-No se te ocurra llorar- le dice.

Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.

-Si para nos subimos- grita Nené.

-¿Qué?

Ya están cerca del baño.

-Que si el auto para…

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

-¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir!- dice Nené mientras forcejéa la puerta.

-Si se quiere bajar dejála- dice Felicidad- por ahí ellos sí se quieren.

Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:

-¡Abrí, nena! ¡Abrí!

La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.

-¡Abrí, tarada!- Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.

Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.

Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.

-¡Vuelven!- dice Felicidad.

Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.

-¡Son ellos!- dice Felicidad- se arrepintieron y vuelven a buscarnos…

-No- dice Nené, y suelta una bocanada de humo- son ellos, sí; pero vuelven por él.


Comentario

El entorno del cuento se presenta desde el inicio como un lugar aislado y desolado. La oscuridad del campo sirve para reflejar la desesperanza de la protagonista, Felicidad, y también para destacar su vestido de novia de manera muy visual. Enfatiza su soledad y su papel como una mujer desesperada. El silencio de este momento se rompe con la presencia de otra mujer, Nené, quien aparece en la escena como un fantasma. Es una mujer amargada por su experiencia en la vida y por sus encuentros con otras mujeres desesperadas.

El uso de mucho diálogo en este cuento ofrece a Samanta Schweblin, la autora, la oportunidad de caracterizar a sus personajes sin una descripción física detallada. La descripción breve de Nené se centra en su cara, donde el lector puede notar el sufrimiento tras todo el tiempo que ella ha pasado escuchando a las mujeres que sufren. Su modo de hablar parece muy cortante y a pesar de la tristeza de la protagonista, no ofrece simpatías sino consejos. La manera en la que Nené describe la historia de las mujeres desesperadas enfatiza la universalidad de la situación; presenta un interminable ciclo de abandono, y el uso del presente de la voz narrativa aumenta esta idea de la universalidad de la situación también. Se destaca la ironía del nombre Felicidad cuando la protagonista no logra decirlo a causa de su tristeza, y esto funciona como símbolo irónico para hacerla un personaje universal.

La falta de simpatía y hermandad de parte de Nené aumenta el dolor de Felicidad, y su actitud cruel la hace parecer como la antagonista de la historia. Pero de forma paulatina el lector descubre que Nené también sufre como todas las mujeres desesperadas; explica con amargura y rabia lo que pasa todos los días y todas las noches. Tenemos la impresión de que es una mujer que ha sufrido mucho a causa del llanto de tantas mujeres. De manera exagerada describe que lo único que hace “es oírlas todas las malditas noches” y se puede entender la amargura de esta mujer que pasa su vida rodeada por estas otras.

Nené sufre los insultos de las desesperadas también; incluso Felicidad, a pesar de su sufrimiento, comprende “cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya”. La autora no deja claro si Nené es una de aquellas mujeres desesperadas, pero el hecho de que ha pasado cuarenta años con ellas sugiere esta posibilidad. Es evidente que todas las mujeres son encarceladas de forma simbólica en este lugar desolado: la ruta donde todos los coches pasan sin ofrecer la posibilidad de escapar.

La caracterización de las mujeres desesperadas se hace certera porque no son individuos; forman parte del paisaje y hacen el papel del coro griego con sus gritos y llantos. La autora no destaca sus personajes; su única característica es que han sido abandonados en esta ruta por sus esposos. Son anónimas y sirven para representar el sufrimiento y dolor de manera universal. Estas voces sin cuerpos añaden un aspecto fantástico y fantasmal a la historia, ya que parecen como espíritus que torturan a Nené con insultos. Provocan un miedo inquietante a Felicidad cuando la tierra comienza a temblar a causa de su avance. Son invisibles, pero tienen un poder impresionante; la fuerza de su emoción es tan grande que la tierra tiembla.

Nené y Felicidad se sienten perseguidas por la muchedumbre de mujeres desesperadas y comienzan a huir; el barullo y la fuerza de sus voces espantan a un hombre que les ofrece la única posibilidad de escapar. Él es el primer hombre abandonado en la ruta y tiene un papel significativo en el final del cuento. Felicidad espera que el auto vuelva para salvarles de “la masa descomunal de mujeres”, que ahora tienen una presencia física espantosa como una estampida. El auto sólo vuelve para salvar al hombre, no a Felicidad y Nené, lo que sugiere que siempre se abandona a las mujeres y no existe manera de escapar para ellas. El final insinúa que permanecerán en la ruta para siempre, y Nené parece resignada a su destino.

 

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