«Minotauro», un cuento de Maivo Suárez [Comentado]

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Les presentamos este cuento de la escritora chilena Maivo Suárez, que forma parte de “Lo que no bailamos”, su primer libro de cuentos publicado de forma independiente en abril de 2016.

Suárez ha ganado diversos premios por algunos de sus relatos, entre los que destacan, el 1° lugar en el Concurso de Cuentos Policiales organizado por la PDI (2013), 1° lugar en el Concurso de cuentos Municipalidad de La Pintana (2014), 1° lugar en el Concurso Cuento KM (2015), organizado por Espacio Creamundos. También ha sido finalista de Santiago en 100 Palabras. En 2016 obtuvo la beca de creación del Consejo del Libro en el género novela.

“Lo que no bailamos” está a la venta en las librerías: GAM, Qué Leo Alameda, Qué Leo Barrio Italia, Altamira y Metales Pesados Alameda, en Santiago de Chile. También está disponible en Amazon, en versión digital.

El comentario que sigue al cuento es de Bridget McNulty.


MINOTAURO

Maivo Suárez

Era lo bastante taciturna para invitarla a tomar un café; nunca me habían gustado las mujeres que hablaban demasiado. La primera vez que la vi pensé: es una típica y aburrida solterona. Pero no, Adriana era una cuarentona apetecible, con unos senos pequeños que se empinaban apenas bajo el vestido, un rostro de una palidez asombrosa y unas inmensas ojeras de niña somnolienta que me provocaban ganas de arroparla y canturrearle alguna canción de cuna, como hacía mi prima con su muñeca preferida. Eso sí, no tenía las gruesas pestañas de una muñeca. Pero tenía el cuerpo de una Barbie, quizás por eso la invité.

Nos vinimos juntas del taller de origami y, cuando llegamos a mi departamento, se quedó parada en el umbral de la puerta y, por unos segundos, dudó si entrar, y, en los mismos segundos, me arrepentí de haberla invitado. Luego dio una detenida mirada a mi desorden y sonrió abiertamente, lo que me pareció todo un guiño de su parte. Saqué unas revistas que estaban sobre la silla más próxima, las tiré a un rincón y con una mano sacudí un poco el polvo. La invité a sentarse. No lo hizo. Le llamaron la atención las tiras de diminutos poliedros de papel que colgaban de una ventana a modo de cortina. Cruzó la habitación sorteando los obstáculos, yo la seguí y me aposté tan cerca de ella que olí el aroma a manzana verde de su pelo. De seguro el champú. Con la mirada clavada en sus ojeras, le conté del primer libro de origami que me había regalado mi abuelo a los catorce años, poco después de la muerte de mis padres. Creo que sonrió. Deseé un palmoteo cariñoso en la espalda, pero nunca llegó; sus dedos estaban ocupados en acariciar la cortina. Luego tomó con delicadeza uno de los poliedros, lo miró con atención, les dio un orden mental a los dobleces y, al igual que hacía mi madre cuando alguien le acercaba un tejido, movió los labios repitiendo para sí el descubrimiento, grabando cada secuencia, ensimismada y sin escucharme. La dejé parada allí y me fui hasta la cocina, llené la tetera y la puse al fuego. No quedaban tazas limpias y el lavaplatos, lleno de loza sin lavar, se alzaba como una montaña de desechos. Vi un tallarín equilibrándose entre el borde de una taza y el plato con restos de salsa de tomates de mi última cena. Al final de la pila, los dos únicos tazones sin trizaduras sostenían la montaña. Metí los dedos con mucho sigilo y, haciendo el menor ruido, los rescaté. Uno de ellos aún tenía la bolsita de té, la apreté y la lancé al basurero. Esponja amarilla, detergente, fregado rápido. Acomodé los tazones y, al darme vuelta para buscar unas cucharas, la vi tan de sopetón parada en la puerta de la cocina que me asusté. Lancé un breve chillido, luego ambas nos reímos. Llevaba botas de cuero y un vestido de algodón estampado. De lejos, el diseño parecía de flores sobre un fondo marrón, pero, al momento de brindar con nuestros cafés, me fijé en que eran pequeñas mariposas. Nos fumamos un cigarro y conversamos un rato; mejor dicho, yo hablé y ella asintió con alguna que otra palabra. Me cuidé mucho de no hablar del accidente de mis padres, de mi obesidad mórbida, de mis años de terapia ni de cómo dolían a veces los domingos. Por suerte nadie mencionó el hecho denigrante de nuestras respectivas solterías. A los cincuenta y tres años, yo cargaba la mía como una monstruosa joroba que crecía en mi espalda, y no me gustaba hablar del asunto.

Reparé en el olor rancio de mi departamento cuando volví de dejarla en el metro. Al abrir la puerta, me pareció que entraba a un sótano abandonado. El desorden y la suciedad eran descomunales: había papeles en el piso y el polvo se había adueñado de los muebles. Sobre las sillas colgaban toallas, ropa, un paraguas. En una esquina aún estaba la bolsa de mi última visita al supermercado, y varios ceniceros repletos de colillas adornaban la mesa del living. Pese al desorden, me desparramé con el mejor de los ánimos sobre el sofá y, desde allí, miré una de mis creaciones: un minotauro en papel encerado a medio terminar. Imaginé que, mientras yo preparaba el café en la cocina, ella había repasado los pliegues y había celebrado mi invención. La muñeca pálida tenía talento para sacar un modelo con solo mirarlo; sin duda, una muy buena plagiadora. En cambio, lo mío era el diseño. Con los años me había hartado de copiar grullas y, en las noches de insomnio y soledad, me entregaba a mis nuevas creaciones, con esa alegría de quien se entrega a un nuevo amor. Lo de entrar al taller de origami había sido idea de mi prima; con todo lo que yo sabía, no lo necesitaba. Pero sí conocer a una mujer, me dijo una tarde al oído, como cuando nos contábamos secretos siendo niñas.

El fin de semana lo dediqué a limpiar el departamento. Llené bolsas con botellas, vacié los papeleros, sacudí el polvo, apilé revistas y barrí con dedicación. También fantaseé con comprar pintura o cambiar algunos muebles de lugar, pero el entusiasmo no me dio para tanto. Terminé cansada, viendo una película en el cable, con un whisky en la mano y pensando en una nueva figura de papel para sorprenderla. La imaginé alabando mi diseño con cara de asombro mientras sus dedos tocaban lento los dobleces, como quien acaricia una vieja cicatriz. Me acosté temprano y me masturbé con la luz encendida. Todo el departamento olía a manzana verde.

En la siguiente sesión, a la que llegué sin ninguna figura nueva, la profesora nos invitó a participar de un concurso de origami que auspiciaba un centro de cultura japonés. El premio era un importante monto en dinero. Adriana se entusiasmó con el concurso, y yo comenté, haciendo gala de mi experiencia, que lo principal en ese tipo de certámenes era la originalidad. Imaginé a mi plagiadora haciendo pucheros luego de la derrota y tuve ganas de abrazarla. Y también ganas de sacarle el vestido, que, esta vez sí, era de flores amarillas sobre un fondo beige. Supe de inmediato que esa noche volvería a dormirme con la luz encendida.

No hubo segunda invitación a tomar café, o, más bien, la hubo, pero Adriana tuvo que viajar a Valparaíso a cuidar a unos sobrinos. Me contó en versión telegrama que unos parientes muy cercanos la necesitaban. Pasé mis días y mis noches revisando antiguos libros de origami, pensando en el concurso, con la creatividad dormida, el minotauro sin terminar y mis manos ocupadas en otros menesteres. Necesitaba con urgencia una mujer.

Me junté con mi prima a tomar unas copas a la salida de la oficina; solo con ella me permitía ciertos arranques de intimidad. Se rio mucho de mí y me pidió que describiera a la muñeca pálida en detalle. No tenía mucho que contarle y, luego de ver en la cara de mi confidente un dejo de preocupación, caí en la cuenta de que, una vez más, no había en mi nueva historia ni un destello que alimentara mi fantasía. Mi prima intentó animarme, pero la inseguridad me amordazó la boca y me quedé en silencio igual que mi compañera de taller. O, más bien, la conocida del taller, porque temí que, con el paso de las horas, el grado de cercanía con Adriana fuera en descenso. Me pregunté, con total desánimo, si no sería necesario, en la siguiente sesión, entregarle una tarjeta de visita y presentarme de nuevo. Vi mi joroba de la soltería creciendo bajo la ropa.

Así las cosas, las tazas y los platos se acumularon nuevamente en el fregadero, y el polvo se adueñó de las estanterías. Volví a mi deambular en pijama los fines de semana, comiendo a deshoras frente al televisor. Cuando por fin terminó la misión de Mary Poppins, ella regresó al taller. Recuerdo que le di una tibia bienvenida, controlando el grado de confianza de mis palabras, temiendo hacer el ridículo y, a la vez, deseando atraerla como un imán. Me devolvió un amable saludo y yo me quedé con esa duda eterna de una lesbiana insegura.

La semana siguiente, el virus de la influenza me metió en la cama por varios días. Cuando retomé las sesiones, ella ya no estaba, y alguien comentó que se había ido a vivir a Valparaíso. Imaginé que el sol de la costa terminaría con su encantadora palidez. Esa tarde, apenas llegué al departamento, desmonté la cortina, desarmé uno a uno los poliedros y luego me emborraché. Dejé los papeles arrugados en el piso por varios días. Nunca más regresé al taller. ¿Qué tenía que aprender? Con lo que sabía me bastaba, y solo yo sabía cómo crear esas figuras que tanto había deseado: un amor diferente, una convivencia formal. Y son increíbles las figuras que una puede armar si le hace dobleces a su historia, sobre todo los domingos por la tarde.

Plancho a las apuradas la falda de los lunes, me siento en el sofá con un whisky en la mano, doblo algunas decisiones, una que otra conversación, y construyo figuras sencillas, nada muy complicado. Por ejemplo, que llevamos con Adriana algunos años viviendo juntas, y yo llego a mi trabajo con una blusa nueva y digo con naturalidad: ella me la regaló. O llevo torta para compartir dentro de un táper y comento que la hizo Adriana. El problema es que a veces me acuesto algo ebria y entonces sueño con la muñeca pálida. El sueño es siempre el mismo. Adriana está de espalda mirando el mar, yo me acerco por atrás para tocarla y, cuando lo hago, las flores de su vestido se convierten en mariposas de papel y salen volando de la tela.


Comentario

En este cuento de Maivo Suarez, nos enfrentamos con una figura al margen de la sociedad, alguien que ignoraríamos en nuestra vida diaria, si no fuera por los esfuerzos de la autora por sacarlo a la luz. El personaje es una soltera de cincuenta años que flota por su vida insatisfecha, hasta que se encuentra con una mujer en su taller de origami, un momento que es revelador y frustrante a la vez. Pero un amor mutuo para el origami no solo provee el ímpetu para el encuentro, sino también actúa como un marco sutil en una manera que enfatiza la fragilidad del mundo por el que la protagonista transita y la facilidad con que su forma de vivir puede caerse a pedazos. Desde el tallarín que yace precariamente en el aparador de la cocina, hasta los diseños fluctuantes del vestido de Adriana y el olor de manzana verde que persiste en el departamento, provocando el deseo de la narradora, todo es tan delicado y fugaz que la caída de la mujer después del rechazo de su ‘muñeca pálida’, nos parece un final amargo pero inevitable.

Pero si tomamos en cuenta la actitud de la narradora en el cuento de Suarez, ¿podríamos decir que se predispone al fracaso por su propia cuenta? De hecho, el apodo ‘muñeca pálida’ tiene el efecto de presentar a Adriana como si fuera una niña pequeña, buscando la protección de una mujer estable, y al mismo tiempo le da la forma de un ornamento, otra parte de su mundo que la narradora intenta controlar, tal como las tiras de origami en la ventana de su casa. La narradora compara explícitamente su amor por el origami con el sentimiento de encontrar ‘un nuevo amor,’ y es aquí donde se ha equivocado. Adriana no es una figura de papel, sino una persona de carne y hueso que vale más que el título de ‘plagiadora’ que le da. El sentimiento que predomina entonces es el de una soledad ineludible, la falta de diálogo entre las dos (Adriana nunca tiene su propia voz), aumentando el fatalismo de que la relación está condenada al fracaso.

Suarez se empeña en mostrar también los riesgos de confundir la imaginación con la realidad, en este caso una imaginación que conforma los ideales de la relación perfecta. Es solo cuando la narradora habla con alguien fuera de su burbuja solitaria, que se da cuenta de la vacuidad de sus ideas. Cuando la protagonista se junta con su prima, le dice: “caí en la cuenta de que, una vez más, no había en mi nueva historia ni un destello que alimentara mi fantasía”, lo cual marca un momento crucial en la narración. Por fin, reconoce que no hay esperanza, ni más munición para sus fantasías, ahora Adriana se ha ido, algo que el lector nota desde el principio. Pero también parece emotivo que esta desesperanza se provoca por una conversación con alguien que pertenece al mundo exterior, una prima que probablemente tiene toda su vida arreglada, destacando así el sutil comentario social que subyace en este cuento. Suarez nos hace cuestionarnos cómo percibimos la soledad, un concepto que todavía lleva una dimensión de tabú. La narradora dice: ”vi mi joroba de la soltería creciendo bajo la ropa”, y seguramente hay un nivel del equipaje social atajado a este sentimiento.

De alguna manera, hay un matiz adolescente en este cuento, su falta de respeto intencional cuando se niega a darle un saludo amigable, a lo que ella responde con “un amable saludo” revela su ansiedad, casi infantil. Pero eso “Minutauro” no es un cuento de amor de jóvenes y, siendo así, en vez de ser un retrato agridulce, nos deja con amargura total.

¿Qué tenía que aprender?, se pregunta la narradora cuando deja el taller disgustada, enfatizando su uso de la clase como una manera de acceder a Adriana, o la posibilidad de amor, y demostrando su confusión entre el mundo de papel y el mundo real nuevamente. La mujer solitaria juzga a Adriana, aunque parece que comparten muchas cualidades, su respeto mutuo por el silencio es un ejemplo. Pero no podemos olvidar que la sociedad tiene un papel que jugar en condicionar nuestra reacción a los inconformistas. Este juicio puede ser muy profundo, incluso a un nivel narrativo. De hecho, la mayoría de la narración consiste en descripciones rigurosas de su departamento, estrategia que tiene el efecto de distraer a la narradora de los pensamientos sobrios que la presencia de Adriana ayuda a aliviar. Aunque detalles como la muerte de sus padres, su obesidad y su terapia se filtran a través del texto, la protagonista tiene un control estricto en esas confesiones, y rehúsa pensar en ellos, lo que destaca el poder de la sociedad en evitar la expresión de nuestra soledad. Su mayor descuido es la inhabilidad de confrontar las razones para su soledad, y su fracaso consiste en ver que el minotauro de papel no es una marca de plagio, sino una forma de solidaridad de Adriana en una sociedad que no acepta la soledad. Las dos están atrapadas en un laberinto socialmente construido, y es la ignorancia de esto por parte de la narradora, lo que nos deja con el sentimiento de que mientras la comunidad menosprecia la soledad, es ella misma quien no tiene la actitud adecuada para evitarla.

Bridget McNulty

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