«La misma esquina del mundo», de Poli Délano

El escritor chileno Poli Délano. Foto extraída de http://magoeditores.cl/wp-content/uploads/poli2.jpg

El escritor chileno Poli Délano. Foto extraída de http://magoeditores.cl

UNO

Cuando la mujer rubia de ojos claros tipo nórdica volvió a cruzar la calle desde el teléfono público al paradero de autobús, el hombre de aspecto agobiado que al pasar había querido perforarle la mirada y luego la siguió unos pasos, todavía estaba ahí. Entre los límites de la esquina, iba y venía nervioso y a la vez despreocupado, más o menos como si muchas burbujas calientes se agitaran en el espacio de su cráneo, y más o menos también como si nada pudieran contra él los apremios del tiempo. La lluvia -esos chubascones intensos y rápidos de las tardes de verano- se hacía tenue y en el comienzo del anochecer los altos neones multicolores de Insurgentes Sur intentaban reflejarse sobre el pavimento mojado. El hombre detuvo sus pasos junto a la mujer rubia de ojos claros. Un autobús hizo chirriar los frenos y sus pasajeros desertores empezaron a descolgarse amontonados. La mujer rubia, inquieta, pestañeante, se dirigió por fin al hombre.

¿Me servirá éste para ir a la ciudad universitaria?
El hombre lanzó la vista hacia la fachada del bus.
-No -le dijo-. Dobla antes.
-¿Me podría decir cuál es el que tengo que tomar?

El hombre frunció el ceño.

-Uno que vaya por Copilco -dijo luego con cierta indecisión.

El bus arrancaba llevando su nueva carga y martirizando a la pequeña multitud de la esquina con la espesa y asfixiante humareda de su vómito y con ese despiadado rugido del escape libre.

-No eres mexicana, ¿verdad? -preguntó el hombre mirándola.

-Soy uruguaya.

Yo soy chileno -dijo él como en un saludo de colegas- ¿Llevas mucho aquí?

-Apenas cuatro días, ¿tú?
-Ya casi un año… ¿Te viniste por…?
Sí -dijo la mujer bajando la vista.
-Oye, tengo un auto a media cuadra y si quieres te llevo hasta la universidad. Olemos a sur, sabes.

-Bueno -dijo ella sin vacilar.

-“Aventón” se dice aquí.
La mujer sonrió. Se alejaron de la esquina.

DOS

No sé, la verdad, qué bicho me picó para decirle al tipo que sí cuando se ofreció a llevarme, ya que no es nada común que yo acepté invitaciones de buenas a primeras, pero se me ocurre que quizas fueron sus ojos. Ni siquiera las veces que en Montevideo los choferes declaraban la huelga -hace ya tiempo- y no había manera de llegar al trabajo, acababa por decidirme a hacer dedo y, si no recuerdo mal, hasta sentía un poco de rabia cuando desde algún auto (siempre iban hombres solos) una bocina me ofrecía “gentilmente” sus servicios y por supuesto ni me tomaba la molestia de mirarlos. Quizás si le acepté -pensaba más tarde- fue porque, además de sus ojos, el tipo dijo eso de que olíamos a sur, yo qué sé, me gustó mucho oler a sur, me perforó la frase como atacan los recuerdos lacerantes, sabor a tango de esos lados, sur, paredón y después, los meses de paria en Buenos Aires, sur también de callejones lejanos y de faroles, por eso, porque éramos apenas dos sureños de muy abajo a los que el azar ponía juntos en una esquina como de milonga para que actuaran, para que se movieran y se dijeran cosas, igualito que en una obra de teatro. Eso ni más ni menos es lo que me decía aquella misma tarde un poco después, cuando en las cercanías de la ciudad universitaria el tipo, un loco al que se le metió en la cabeza que me conocía desde siempre, que me había seguido en todas las edades, qué sé yo, un loco suelto, me invitó a tomar un café y también le dije que sí, igual que antes, casi sin chistar, mientras ya comenzábamos a entendernos, pensando que después de todo si estábamos aquí, en un país lindo y cálido pero en una ciudad donde todavía las calles no eran nuestras, se debía exactamente a la misma razón.

No voy a negar que desde el primer momento el tipo me pareció interesante, seguro, bien plantado, a pesar de una especie de desconcierto perdido que parecía inundarle a ratos la mirada. Tampoco voy a negar que como hombre estaba en general bastante bien. Pero insisto en que no es mi estilo, en que sigo siendo de las que no les dan los ojos a un desconocido y admito sin vacilaciones que en esa ocasión torcí la ruta puritana en que mi madre rusa me endilgó desde chiquita. Así me lo decía interrogante mientras frente a frente tomábamos con bastante silencio nuestros capuchinos, mirándonos de cuando en cuando a los ojos. Sus ojos, para aclarar, no es que fueran lindos: eran potentes y luminosos, desconcertantes, pese a que fíjense que hace ya tiempo dejé atrás los quince años, pero es que, a ver, cómo expresarlo, hay tantas cosas que a veces una sabe sin saber siquiera que las sabe, no soy de lo más clara, parece. Quiero decir, con ese café que tomamos en la ciudad universitaria la verdad es que no acabó nuestra relación, a eso iba, porque al despedirnos nos dimos los teléfonos y una de aquellas tardes muy aburridas en que yo arreglaba las pocas pilchas que al partir me cupieron en la valija, ahí en casa de los compañeros donde definitivamente tendría que vivir hasta que me llegara un trabajo y pudiera mantenerme sola, el tipo -ya debiera decirle Bernardo- me llamó invitándome a salir. Y para ser sincera, hasta donde mi mundo desmoronado me podía permitir cierta alegría, me alegré.

Estuvimos en un restorancito de barrio popular y bullicioso, y tanto Bernardo como los otros dos sujetos con que nos encontramos ahí galopaban a ritmo de locura, más o menos tres tequilas antes de que yo terminara una sola sangría débil de alcohol, de modo que muy sobria y metiendo poca basa en la conversación, me dediqué lo que se puede decir entusiasta a escuchar divertidas y locas narraciones sobre islas, perros, delfines, narraciones que se quebraban de pronto para dejarles paso a otros temas y volver al rato a flote con la nueva corrida de copas si es que a alguien le duraba todavía esa cuerda. Pero digo esto porque cuando el gordo de barba, una especie de bestia vital de mucha risa, contó lo que le había pasado una noche en Estambul, se desató, una de esas discusiones que van por otro camino y que terminan por abrirle a una la mollera para entender mejor las cosas.

El local funcionaba a media luz y a pesar de que yo ahí podía haber pasado como un simple pollo en corral ajeno, me sentía plenamente a gusto entre esos tipos -digamos mejor “nuevos amigos”- que me trataban como si me hubieran conocido desde otros mundos. Para no entrar en detalles, el asunto era así: al gordo le habían ocurrido cosas extraordinarias durante una noche que pasó en Estambul. Por supuesto que lo contó divertidísimo y nos reímos lo que se dice a mandíbula batiente aunque no pienso repetir la historia porque no es eso lo que interesa. Luego Bernardo, que era el que más se reía con la sarta de peripecias, contó también las cosas igualmente extraordinarias que años antes le habían sucedido a él una tarde en que vagaba por el puerto de Bombay. Parecían, claro, historias inventadas y fantasiosas, pero como a la vez eran verosímiles, por qué dudar, si mirando bien a los tipos una quedaría bien segura de que a ese par cualquier cantidad de locuras podía pasarles. Fue entonces cuando el gordo dijo lo que me interesa contar. Primero -perdón- el colombiano, con mucha pena, con la cara caída y los ojos nostálgicos, se preguntó por qué a él nunca le pasaban cosas así. Y ahí el gordo le contesta con mucha seguridad que si a uno le pasan cosas es porque se las busca, de algún modo se las anda buscando, va predispuesto sin saberlo. En ese momento se calentaron los ánimos y se agitó el debate, pero ya con la suma de los tragos se había vuelto muy caótico, mucho grito, mucha interrupción, mucha incoherencia, y yo no lo seguía, no por pereza mental ni por desinterés, sino fundamentalmente porque me empezó a dar vueltas en la cabeza la frasecita esa de que las cosas uno se las buscaba. Después de todo en Montevideo yo tenía un novio macanudo -compañero, digamos mejor- por quién debía hacer cuanto fuera posible para conseguirle rápido la visa antes de que los tiras lo “desaparecieran”. Tal vez, quise decirme entonces, se trataba de que estando tan recién llegada me sentía muy sola, a pesar de los amigos uruguayos que llevaban algo más de tiempo por estos lados, a pesar también del cariño de la única familia mexicana que hasta el momento había tratado, y también a pesar de que con estos tipos -estos amigos- algo vivía en mí, algo me daba fuerzas. Quizás fuera verdad lo de estar sola, una chica regalona mal acostumbrada siempre al mimo y la caricia. Pero desde luego no era todo, para qué echarse tierra a los ojos. La verdad se escondía agazapada detrás de la mirada de Bernardo, que me conocía desde siempre, que me estaba gustando una barbaridad, y que desde mi llegada era practicamente lo único que lograba evitar que en cualquier momento, como a tontas y a locas, andando por la calle, acostada ya en la noche sin sueño, o en el lugar y a la hora que fueran, se me arrancaran solas y potentes las lágrimas al recordar todo lo que había pasado, los compañeros muertos, los compañeros presos, y todo lo que quizás por cuánto tiempo estaba dejando atrás…

-Oye, tengo un auto a media cuadra y si quieres te llevo hasta la universidad. Olemos a sur, sabes.
-Bueno -dije yo, sin vacilar.

TRES

Güerita querida de ojos celestes y sonrisa de ángel: el otro día, caminando por el Paseo de la Reforma me detuve frente a una vitrina que me dio la clave a través de un poderoso flujo de luz que partía desde el título de un libro. Cartas no mandadas, decía sobre una tapa rústica que me trajo entonces, en el mismo momento de fijarle la vista, la gran idea, que me encendió la mollera, según decimos allí, que me hizo tomar pluma y papel. Cómo empezar a decirte la rareza de las cosas que vienen sucediéndome desde que recibí tu primera carta. Cómo violar tanto código y pasar por alto los dictados implacables de la conciencia (¿cumpliste ya los dieciseis?), cómo saltar el tiempo y el espacio venciendo todas las barreras que te cercan. Pero ahí, en el título de ese libro estaba muy parada la idea con las piernas abiertas y los puños contra la cintura; la presente esquela no has de verla nunca; no entrará jamás por la boca de un buzón y quizás ni un sobre llege a tener, las cosas son así. Será sólo un mínimo desahogo de este amigo casi hasta ahora mismo atormentado no sólo por el recuerdo sino también por el olvido, por el recuerdo de todo y el olvido de todo, por la ausencia permanente de tus ojos y tu risa diáfana. Digo “casi hasta ahora mismo” debido a que las cosas tomaron otro curso durante una de mis tardes de vagancia (sé que te gusta esta palabra) cuando desde una esquina tus ojos celestes me llamaron. No digas nada, ya sé que no comprendes, que quizás te va a doler, que nunca entenderás. Pero de todas formas, para que se filtre la luz en estas palabras, resultará mejor comenzar desde mucho antes, verdad; acaso desde los tiempos en que siendo una niña saltabas a la cuerda entre los almendros florecidos de tu patio, desde la era de los domingos marineros en que las carnes terrestres escaseaban pero que entre casa y casa (la tuya y la mía de la misma cuadra) podían viajar bandejas de ceviche, cholgas frescas, budines de sierra, desde las tardes convalescientes en que la pantalla intrusa de un televisor nos iba haciendo vivir las peripecias de una hermosa muchacha italiana que venía a casarse -digo que venía porque es aquí donde venía, aquí donde estoy, y quiero contarte que ni un día dejo de pasar por el Angel o por las aceras de esas torres inmensas que ella miraba boquiabierta-, a casarse venía con el viejo pastelero don Vittorio, pero que en el camino se tropezaba con dos brazos más fuertes para hacerla caer y dar tumbos y un par de ojos potentes capaces de derretirla como mantequilla y de obligarla a cambiar el rumbo de sus aflicciones: desde las noches de chiquillería en que terminando una botella de tinto yo las escuchaba inventar en pandilla siniestras canciones sobre vampiros que vagaban solos por el cementerio chupando sangre: es decir, también ese tiempo en que para casi todos los habitantes de nuestra geografía extravagante se abrían amplias las alamedas que conducían hacia aquella tierra prometida en que como afirman los viejos partisanos franceses les gens au creux des lits font des reves. Ya sé que no son muchos los días del calendario que dividen el tiempo entre la partida sin adioses y esta carta que te escribo con la cabeza blanqueando para que nunca llegue a destino. Sin embargo, sí es verdad que ha pasado agua bajo los puentes del Mapocho, agua roja algunas tardes, desde entonces, agua ensangrentada y rabiosa.

A veces estoy bien y a veces estoy mal. Desde luego no me quejo: hay algunos que sólo están mal siempre; otros que nunca volverán a estar bien -todo lo dicta la hondura de la marca- y también hay los que ni siquiera están, al menos con los pies plantados sobre la tierra, los que partieron antes metiéndonos la daga, el flaco aquel de los pasos aéreos y los viejos boleros de la década cuarenta, recuerdas, el que lo daba siempre todo por los demás, el médico de la otra cuadra que no logró aplicar sus golpes de karate cuando las delaciones de la fiambrera decretaron su muerte, el gordo Teobaldo, de la bomba de bencina, que siempre te miraba con una sonrisa tierna y perdida, como las de Chaplin, y tantos tantos otros, más allá de las fronteras del barrio. Sabrás naturalmente por mis cartas que es bien rara la condición del exilio. Parece que se extrañaran las cosas con mucho mayor intensidad que en otros viajes: el color de las tardes santiaguinas cuando al cruzar una calle miras disimuladamente al oeste y te golpea la violencia del sol deformándose en su choque contra el horizonte, la temperatura de cada mañana luminosa, el cañonazo del cerro a medio día, las callecitas del barrio, el almacén de don Memo donde hasta entonces quedaban botellas de vino viejo a precios rebajados, los vecinos que se cruzan a diario en tu paso hacia Irarrázaval, hasta la misma sonrisa de hiena de los “momios” de la esquina y el ladrido de los perros de toda la manzana, el aleteo de las palmeras del patio de mi casa golpeando los postigos, el olor a cazuela de los domingos, el aplastante saludo matinal de la cordillera con sus tonos púrpuras y rosas, con sus pliegos de viejo paquidermo, el estornudo alérgico bajo la invisible nevazón de polvillo de los plátanos orientales, todo, todo cobra nuevas dimensiones desde lejos. Pierdes el centro, sabes, has dejado de tener un lugar donde afirmarte.

Sí, desde entonces hasta tu primera carta también fueron las cosas diferentes. Tiempo interminable de locura y penurias de la mente enferma, de violento desarraigo y de plantas que van creciendo en tu ventana sin que se percaten las ropas y los objetos que aún dentro de tu maleta aguardan el regreso. Tiempo de una güerita que se ha hecho adolescente sin mis ojos vigilantes y asombrados.

Fue entonces, después de nuestras cartas iniciales, del momento preciso del tiempo en que te determinas a extrañarme con dolor y a quererme más, que yo decidí encontrarte, encontrarte de todas maneras, contra huracanes y mareas encontrarte, porque supe de pronto que no sólo estabas allá, en una callecita de Santiago arropada en tu cama tosiendo de resfrío, aprendiendo a manejar el auto del pololo, sirviéndole una taza de café a tu padre cuando desmoronado llega del trabajo, esperando en la esquina la Ñuñoa-Vivaceta o comprando un helado de frutilla cerca del Liceo, llorando enloquecida por el reciente asesinato de tus primos rebeldes, mordiéndote las manos para no gritarles a tus vecinos de lado y lado la verdad de lo que son, sonriendo tus ojos celestes en la micro a un joven que te liga, sino -supe- que también era seguro que andabas por estos parajes de inagotable selva urbana vagando por el Zócalo, metiéndote dentro de los parques, asombrada de todo el desconocido mundo de Valeria en que me buscas sin siquiera sospecharlo, ignorando que yo pueda existir sobre la tierra. Por eso entonces te pedí las fotos: todas las que pudieras, todas todas, para ir reconstruyéndote día a día desde niña, hasta la última foto y hasta las próximas, mes a mes, porque tenía que grabarme a fuego lento tu retrato en el alma, llegar a ser capaz de distinguirte entre las multitudes, de sentir desde lejos tu presencia. Y empecé a mirarte a todas horas, detalle a detalle, facción por facción, y entre una foto y otra fui moviendo tu sonrisa, pestañeándote los ojos, agitando tu cabello al viento de las tardes de verano, dejando que la lluvia mojara tus mejillas, te fui haciendo correr en cámara lenta, desplazarte por los aires, trepar árboles -y mes a mes me mandabas una nueva-, estudiándote fui con toda la potencia de mis sueños, hasta que un día de repente supe, dije ¡ahora!, se hizo la luz y supe no sólo ya la foto, es decir cómo eras en un solo momento del tiempo, sino cómo eras siempre, cómo serías, cómo habías sido, cómo llegarías a ser en cualquier etapa de tus años. Entonces comencé a buscarte. Por calles y plazas anduve tras tu huella, aplané todos los barrios con mi suela mísera, me trepé cantando en todos los tranvías, vigilé la salida de aeropuertos y estaciones, fui recorriendo fila a fila los estadios, sobrevolé campos y desiertos, nadé en todas las playas sabiendo que existías también en este lado del planeta. Hasta que una tarde, güerita de los ojos celestes, finalmente dí contigo, te vi después de la lluvia marchar hasta el teléfono de la esquina y me paré a esperarte. Estabas linda como siempre, luminosa y magnífica, tal vez unos diez años más mujer, y balanceabas el paraguas en cada uno de tus pasos. Te vi mirar los autobuses sin saber sobre cuál tenías que viajar. Me detuve, pues, al lado tuyo y esperé tranquilamente a que me hicieras la pregunta. Te contesté que no (desde luego era mentira), que ése doblaba antes, que esperaras el Copilco. Pero el hecho fantástico, lo que verdaderamente importa es que la magia ya había dado su varillazo: estábamos nada menos que tú y yo, güerita, juntos en la misma esquina del mundo comunicándonos, mirando desde las tablas con ternura al inocente público que se deshace en aplausos tras la apertura del telón.

-No eres mexicana, ¿verdad? -pregunté mirándote iluminado.

Me devolviste la mirada a los ojos, quizás desconcertada.

-Soy uruguaya.
-Yo soy chileno -te dije, sabiendo en el fondo que tu también lo eras, que daba igual-, ¿Llevas mucho aquí?
-Apenas cuatro días, ¿tú?
-Ya casi un año… ¿Te viniste por…?
-Sí -dijiste bajando la vista.

Entonces dije que tenía el auto a media cuadra, que te llevaba a la universidad. Que olíamos a sur.

-Bueno -contestaste sin vacilar.
-“Aventón” se dice aquí.

Sonreíste, güerita, como los ángeles, y nos alejamos de la esquina.


Cuento extraído del libro “La misma esquina del mundo”, Premia Editora, México, 1981 


Comentario:

Decidir escribir en primera, segunda o tercera persona puede tener un efecto profundo en el tono del texto resultante. De hecho, autores invitados a los talleres Barravento han recomendado re-escribir cuentos que no funcionan desde una perspectiva distinta. En este relato, Délano experimenta con esta idea por combinar tres diferentes puntos de vista. Mientras ‘Uno’ está escrito en tercera persona, leemos ‘Dos’ y ‘Tres’ en primera persona, como si fueran compuestos por cada uno de los dos protagonistas. Así creamos nuestra propia visión de la historia y nos convertimos en testigos omnipresentes.

La tercera persona en ‘Uno’ pone cierta distancia entre los protagonistas y el lector. Los observamos desde afuera, casi como si fuéramos otra persona esperando la micro en la misma esquina. Délano aumenta esta sensación por sólo llamarlos hombre y mujer en esta parte del cuento, dado que sin nombres nos quita la posibilidad de conocerlos, dejándonos a los lectores con un signo de interrogación respecto a los desconocidos de la historia.

En cambio, en ‘Dos’, Délano nos deja escuchar las palabras de la protagonista. El autor desarrolla una voz cotidiana y creíble para ella al meter frases naturales en el texto, como ‘qué sé yo’, y diminutivas, como ‘chiquita’. No sólo por este estilo comenzamos a acercarnos a este personaje, sino también por la forma en que empieza este fragmento como si fuera la respuesta a una pregunta. La narradora parte por decir, ‘no sé’, como respondiendo a quienes formulamos la pregunta implícita de quiénes eran las personas que se fueron en auto al barrio universitario.

Mientras nos sentimos que la protagonista de ‘Dos’ nos habla directamente, en ‘Tres’ somos testigos de un monólogo, mejor dicho una carta, dirigida a ella. Encontramos la misma intimidad entre lector y narrador que en ‘Dos’ con su forma de llamarla güerita. Y conocemos a este narrador aún más allá de su voz porque escribe en un orden errático que refleja su forma de pensar, lo cual se nos dice explícitamente en la frase: ‘resultará mejor comenzar desde mucho antes’ para entenderlo todo.

Aunque tener tres partes podría producir un texto fragmentado, Délano logra que cada una dependa de las otras para traer más detalles y entendimiento a la historia. Por eso nos parece leer un relato entero y no el mismo cuento tres veces o tres diferentes historias del mismo tema. Nosotros, los lectores, somos los privilegiados, siendo los únicos que vemos el significado de este encuentro para todos. Es esto, diría yo, lo que causa el efecto emocional del cuento, ya que sabemos que los protagonistas no tendrán nunca esta misma capacidad de ser omnipresentes como nosotros.

Christy Callaway-Gale

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