Juan Gabriel por Carlos Monsiváis

El 9 de mayo de 1990, mucho antes de convertirse en un invitado estelar (y habitual) del Festival de la Canción de Viña del Mar, Alberto Aguilera Valadez, conocido en la cultura popular latinoamericana como Juan Gabriel, generó una polémica gigante en México al ser invitado a presentarse durante cuatro días consecutivos, en el Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Enrique Patrón de Rueda.

La polémica tenía relación con dos conceptos que constantemente generan debate en una sociedad como la chilena: la cultura popular v/s la cultura de elite, y es que en el México de esa época hubo voces contrarias a que Juan Gabriel actuase en un lugar destinado a artes más finas que las de la canción popular. Juan Gabriel, decían algunos, no era digno de presentarse en el histórico palacio. Pese a los berrinches, el cantautor, definido por Carlos Monsiváis como «una institución nacional», se presentó con éxito durante las cuatro jornadas, convirtiendo el show en su primer álbum y video registrado en vivo, que hoy se puede encontrar con seguridad en cualquier disquería latinoamericana.

Aquellas noches fue tal la incomodidad que arrastró Juan Gabriel, que hubo protestas de algunos cantantes líricos en las afueras del recinto mientras el show avanzaba. En un momento de la presentación de la segunda noche, Juan Gabriel tuvo palabras para ellos:

«Ojalá que todos los artistas mexicanos tengan la misma bella oportunidad que yo he tenido porque se lo merecen todos. Porque la de Beethoven, como la de Bach, como la de Mozart, fue música popular que también tuvieron sus problemas en su época hasta llegar hoy a clásicos. Hasta ser hoy en día maravillosos que todo mundo que gusta de la buena música, oye, a Beethoven, a Chaikovski, a Mozart. Algún día los compositores de hoy, para nuestros tataranietos, serán también una música que ellos llamaran ‘la buena’ porque siempre el tiempo pasado fue mejor (…) Hoy a algunas personas no les gusta mucho la lambada, pero no hay que negar que es una música popular, que todo el mundo le gustaría alguna vez bailar, y si es acompañado mejor, porque parece ser que solo, no (…) Sé que también hubieron muchos problemas por trabajar yo aquí. Por esto doy esta explicación. Dijeron que habían unos señores allá afuera diciendo Juan Gabriel en Bellas Artes y los cantantes de la ópera en la calle, qué decepción. Para mí, qué pena, menos mal que fueron solo cuatro días, sino hubiera tenido yo más problemas. Hubiera sido más bello que dijeran ‘Juan Gabriel en Bellas Artes y los cantantes de la ópera en Milán’».

Lo que sigue a continuación es un texto de Carlos Monsiváis, publicado en el programa de mano que se entregó al público de los conciertos en el Palacio de Bellas Artes.

monsivais y juan gabriel

JUAN GABRIEL

Carlos Monsiváis

Él, como suele decirse antes de los discursos interminables, no necesita presentación. Por lo menos no en recinto, ni en el país donde es desde hace dos décadas figura imprescindible y polémica.

Lo que tal vez, por su variedad y recomposición constante, sí necesita alguna presentación es su público, el más pluriclasista y multigeneracional que un artista popular ha conocido en México desde las épocas de Pedro Infante, un público de admiradores que a lo mejor empezaron como impugnadores, de adolescentes de la barriada y yuppies, de desempleados y desplegables, de críticos acerbos que van a oírlo «porque los trajeron» (aunque acudan solos), de adhesiones de familia entera que «alguna vez» fueron reyertas de sobremesa.

¿Pero cómo puedes escuchar a ese cantante? / Con todo respeto papá, es cosa mía.

 A través de la metamorfosis y las ampliaciones del público de Juan Gabriel, es posible observar, en corte transversal, etapas del proceso del gusto popular de las sociedades de México, al que ha contribuido de modo significativo un compositor y cantante nacido en Michoacán, crecido en Ciudad Juárez, y formado en la observación cuidadosa del Star System de la canción mexicana, y en las disqueras, los conciertos, los programas televisivos, los palenques, la relación con el triunfo y el escándalo.

A este público le ha costado su esfuerzo integrarse, ha precisado de tolerancia para modificar o adquirir preferencias, ha requerido de muchos chistes para admitir sus nuevas devociones, ha oído sin cesar grabaciones al punto de confundirlas con su pasado más entrañable, ha ido a las presentaciones en vivo con el ánimo de quien corre una aventura (¡Qué raro se siente cuando en vez de comerciales te pasan intermedios!), y ha calificado en la práctica a un conjunto de canciones y a su intérprete y creador de
«repertorio nacional sobresaliente».

El público de Juan Gabriel fue al principio muy sectorial, de jovencitas que entonaban «No tengo dinero», enamoradas de las canciones que al no excluirlas lingüísticamente las incorporaba del todo, ávidas de celebraciones del amor, sencillo, será mañana o pasado mañana.

Casi de inmediato se le agregó la provincia, definida aquí como los conjuntos móviles que van de una ciudad a otra, de un país a otro, de una tradición a su reemplazo funcional. Y al público lo expandieron las hostilidades y resistencia al cantante, lo persuadieron de maneras varias los intérpretes de Juan Gabriel (Lola Beltrán, Lucha Villa, María Victoria, Lupita D’Alessio, Rocío Durcal, Lucía Mendez, José José, Daniela Romo, Isabel Pantoja, Angélica María, Bambino, María Marta Serra Lima), y lo distinguió la adicción creciente a una voz exasperada, tierna, arrebatada, tan acorde con los matices y variaciones de su material.

Al ir combinando géneros musicales, Juan Gabriel añadió también horas hábiles a la ejecución de su repertorio, que ya abarcaba el día entero de las amas de casa frente a la radio en la mañana y a los traileros y noctámbulos en la madrugada.

Las canciones rancheras de Juan Gabriel ratificaron lo consagrado por José Alfredo Jiménez, lo ranchero como el cruce de las tradiciones de la desesperanza teatral, que caso tiene sufrir si no se goza, se me olvidó otra vez que sólo yo te quise.

Y cada éxito de Juan Gabriel, el vendedor número 1 de discos, lo afirma como un fenómeno institucional, el gran compositor musical que es una industria por sí solo, el estilo que algo o mucho resume de estos años, donde las canciones hacen las veces de escenarios: las pasiones eternas que duran una semana, la estación de autobuses como la patria chica, los mercados de discos como los aprovisionamientos de ilusiones perdidas, las fiestas del pueblo reconstruidas en el departamento de la unidad habitacional, los reventones con rock pesado donde donde al final irrumpen dramáticamente las viejas y nuevas canciones mexicanas.

El público sigue extendiéndose, conoce un clímax con «Querida», deja de ser reconocible a simple vista y a simple oído, le interesan del ídolo las canciones y el modo de interpretarlas a fondo, colma centros de lujo, palenques y estadios, y hoy representa un convenio del gusto, de la admiración, de la memoria compartida.

¿Y para qué seguir cuando ha llegado el momento de poner entre paréntesis nuestra celosa individualidad y añadirnos durante unas horas al público de Juan Gabriel?

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