El «México» de Cesare Zavattini, que no leerá Donald Trump

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Crédito de este fotomontaje: Elena Scotti/FUSION

En 1956, el ideólogo del Neorrealismo Italiano, el movimiento más importante de la historia del cine, el italiano Cesare Zavattini ―guionista entre muchas grandes películas de «Ladrón de Bicicletas» (Vittorio de Sica, 1948)― escribió en su «Diario de cine y de vida» sobre México, en un texto que justamente se llama así: «México». Podría definirlo como una crónica o como una panorámica de este país, pero ante todo, es un texto bello, sin el miedo a adjetivarlo, y es que sí hay un país que nos ha enseñado que los adjetivos a veces son necesarios, es México. ¿Por qué la referencia a Donald Trump en el título? Porque es verdad, Trump no leerá este texto. Y también porque quiero darme ese gusto estratégico de que al poner las palabras «México» y «Trump» en el título, llegarán a él usuarios que leerán cómo era el México de 1956 que conoció el gran Zavattini. Sí, quiero creer que Trump me ayudará a fomentar la lectura del usuario de estos tiempos que apenas lee un par de líneas y se va.

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Vittorio de Sica junto a su socio Cesare Zavattini

MÉXICO

Cesare Zavattini

(13 diciembre 1956)

México es aproximadamente seis veces mayor que Italia. «Estamos demasiado lejos de Dios y demasiado cerca de los Estados Unidos», dicen.

En 1955, las mujeres votaron por primera vez, yo llegué en este verano tan importante, las mujeres hacían cola y atónitas por la novedad tenían la mano con la papeleta para ponerla en la urna de un modo que recordaba su gesto de tocar con la punta de los dedos la pila de agua bendita.

Aquel domingo di una larga vuelta con un taxi. Hay muchos taxis, pero estacionados en los puestos, siempre se acercan para pillar al cliente al vuelo, como cazadores. La gasolina sólo cuesta 35 liras litro. Son coches nuevos, colchas, objetos de arcilla cocida y pintada por gentes del pueblo, para llevárnoslo más allá de la frontera a nuestras cómodas casas, y me parecía que al cruzarnos bajábamos los ojos durante una fracción de segundo (tan rápidamente que ni siquiera nosotros lo advertíamos), sintiéndonos ladrones, acaso gentiles, pero ladrones, por nuestra complicidad con aquel vasto comercio en el que eran muy pocas las monedas que iban a los bolsillos de los artesanos. El mexicano está preparado como nadie a inclinarse cuando en la mirada del blanco* advierte el remoto relámpago del amo, pero, apenas se da cuenta de que el otro le considera como un igual, se expansiona como un pez que desde un cubo lo echan al lago, y todas las cosas que yo sé las he aprendido, en realidad, de docenas de personas paradas en la calle, con la ayuda de Gamboa, Fernando Gambia, que me ha acompañado en este viaje.

Con los italianos son afectuosos, le piden a uno que hable. Y cuánto les gusta nuestra manera de hablar; repetían algunas palabras mías como si fuesen notas musicales. Por el contrario, no quieren nada a los americanos, los «gringos». He preguntado a los chicos de una escuela cuáles son las figuras patrióticas más queridas, y todos han gritado: Niños héroes de Chapultepec. Un episodio de la guerra contra los americanos en 1947.

Respecto a los españoles, sus razonamientos tienen más de psicoanálisis que de historia; en lo más íntimo están contra la vieja España, contra los conquistadores; un indio, que no tiene sangre española en las venas, quizás esté en su derecho, pero tal sentimiento sorprende en el mestizo, que es mitad y mitad: el mestizo estima de sí mismo sólo a la madre, no al padre; para algunos, ésta podría ser la prueba de la natural tendencia del mexicano a proteger siempre al más débil, a la parte india, representada por la madre que fue violentada por el padre, el señor Fernando Cortés, cuando llegó con sus caballos blancos. Ese día era domingo y todo se regía por el color, los mexicanos necesitan el color para llegar al día siguiente. El color de los colores ―el más amado― se llama tlapalli, es nuestro solferino, un tinte sangriento como la batalla de Solferino, lo extraen del insecto que vive en nopal, la planta nacional sobre la que una mañana de 1312 descendió fulmínea del cielo el águila que aferró a la serpiente, como puede verse en el escudo mexicano, y por eso los aztecas, según la leyenda, fundaron sobre las estacas en aquel lugar prodigioso pero incómodo lo que hoy es la capital, a 2.4000 metros de altura.

Un pobre campesino recorría las calles con un pavo para vender, lo llevaba en la espalda, de pronto el pavo abrió la cola y su dueño avanzaba como un guerrero con la aureola de las plumas; muchachos en una bicicleta adornada con flores de papel y cintas como los caballos sicilianos: realmente, detrás del sillín esos velocípedos tienen también cola y de auténtica crin para que parezcan caballos; los vendedores de cotidianas loterías que persiguen a los automóviles agitando en el aire, como banderas, las anchas hojas rojas o azules de los billetes, niños recién nacidos en las ollas, en las cestas, en todas partes, en los mercados, sus bocas constantemente en busca del pezón que se escapa porque la madre se mueve para ordenar cada vez más armoniosamente la poca fruta ante ella, o peinarse, ese peinarse y volverse a peinar que es como si cada vez la vendedora quisiera renovar su esperanza de que pronto aparecerá el comprador; una procesión con una chiquilla que hace de Virgen sobre un camión, cuatro niños a sus pies, los ángeles, resplandecientes y con las manos unidas en acto de oración; como la procesión dura horas, las madres, a escondidas, dan fruta a los ángeles, y así vemos a la vez furtivas dentelladas y pías uniones de manos; un corro alrededor de un merolico que por pocos céntimos de paquetes de oraciones nombrando continuamente al Papa, y cada vez que nombra al Papa todos se levantan el sombrero; los jugadores de billar en las largas salas y sus rostros oscuros esfumándose en la sombra como si en aquella atmósfera verde sólo tuvieran vida los cabellos (en Taumtepec, de donde veníamos, las mujeres caminaban levantando el polvo con sus pies desnudos, llevaban los cabellos sueltos sobre los hombros y se mecían dentro de sus largas faldas de raso en azul y rosa, que se hinchaban; en Papantla, el país de la vainilla, que tantas fatigas cuesta a quien la recoge, las totenacas llevan vestidos de nylon ―antes eran de seda― parecidos a las túnicas bordadas de los sacerdotes, y este candor vaporoso y virginal de las telas enciende con collares que tienen la fosforescencia de los carteles publicitarios, cuando los asalta la luz de los faros).

En Chihuahua, dos «taraumara» pequeños, menudos, un matrimonio indio de unos veinte años, ella con tantos vestidos como un cardenal, sonoros, pedían limosna después de tardar cuatro o cinco días en venir a pie desde las montañas; son indios andariegos y los más resistentes y veloces, cazan el ciervo persiguiéndole con el sistema de relevos; es una tribu que se extingue poco a poco y que de vez en cuando conmueve a la opinión pública; pero la opinión pública es cauta frente a la cuestión india, y liquida las cuestiones raciales afirmando que cuando el mestizo es pobre es un indio, cuando el indio es rico es un blanco.

Sentados en la acera, a su lado, les importunamos con preguntas, y ellos respondieron de mala gana y sin querer dar explicaciones sobre el lugar de dónde venían. Mi amigo consiguió que le confiaran que es mejor no ir a sus aldeas natales, nadie es acogido de buen grado. Hablaban sin mirarnos a la cara. Después los seguí, caminaban uno al lado del otro, sus manos se tocaban de cuando en cuando hasta que él hizo un gancho con el dedo y conservó apretada la mano de ella.

Aquel domingo no podía ser más claro, y esto, en un país claro como México, significa la luz, la que Dios encontró buena y separó de las tinieblas llamándola día. En el inmenso parque de Chapultepec desfilaba la burguesía de la capital, un interminable carrusel de automóviles que se pisaban sobre los talones, cargados exclusivamente de muchachos, cinco o seis en cada automóvil, como en un escaparate; en dirección contraria venían los hombres apiñados también en automóviles, al no poder detenerse se sonreían y cambiaban breves palabras de coche a coche, para encontrarse luego una segunda, una tercera vez y terminar la conversación.


La segunda parte de este texto será publicada la próxima semana.  

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