«Diluvio», un relato de Luis Buñuel [Comentado]

Buñuel Escopeta

Este texto fue escrito por el cineasta Luis Buñuel Portolés en 1925, y fue publicado por primera vez en el libro Luis Buñuel. Obra literaria (Ediciones Heraldo de Aragón), en 1982, con introducción y notas de Agustín Sánchez Vidal, quien sostiene que «se inscribe plenamente en lo que podríamos llamar poética del agua tomando el término de Bachelard; esto es, que extrae su enorme fuerza asociativa de la acción revulsiva que provocan las viscosidades, putrefacciones, flotabilidad.»

El comentario posterior es de Bridget McNulty.


DILUVIO

Luis Buñuel

Llovía.

Diluviaba.

Algo más que torrencialmente. Diluviaba oceánicamente: nadie podía esperar que un mar pudiera viajar así, como un avión, de un planeta a otro. La atmósfera se había transformado en un mar sin peces. Se hallaba próximo el instante en que éstos iban a poder salir tranquilamente de los estanques para pasearse por la gran bola acuática de la ex atmósfera. Ya muchos sacaban sus cabezas de un agua para ponerlas en la otra y quedaban así, como mansetud de niños, como cocodrilos a medio sumergir.

La ciudad entera guarecida bajo los tejados se veía impotente para resistir aquel diluvio que caía como en los sueños al ralenti, pareciendo, de tan compacto, no caer sino quedarse.

Toda la ciudad con sus grandes torres desmanteladas era un inmenso bergantín por primera vez náufrago en la lluvia.

Llovía.

Los peces parecían mariposas atraídas por la luz húmeda de los faroles y en los tejados se entreabrían las tejas como lapas.

En los escaparates colonias enteras de libros buscaban algo en el agua con las hojas vibrátiles y ondulantes, sexos de pólipo.

Los niños nadaban por el acuario iluminado de los pisos, acercándose a los cristales ­unos bobos­ muy abiertos los ojos, dejando escapar una columna de circulitos por sus bocas redondas.

Llovía. Llovía.

Todo tenía o presentía un palpitar de pulpo. Todo era repugnante a la vista y al tacto. Las avenidas comenzaban a llenarse de vientres hinchados, de vientres tumefactos sobre los que acudían por bandadas, con inaudita voracidad, manos hambrientas, lenguas hambrientas, cabelleras hambrientas.

A mil metros de altura cruzó la luz fantasmal de un tranvía herido acosado de delfines, asaeteado por millones de dentaduras blanquísimas.

Llovía. Llovía. Llovía. Llovía.

Por todas partes entre grietas de agua y resplandores glaucos acechaban unos ojos grises de mirar metálico, con ferocidad de escualo, los ojos de todos los habitantes de la ciudad, todo ojos, todo ferocidad.

Mis diez dedos no tenían hueso y mis ojos, también mis ojos me acechaban de lejos, más grandes que nunca, grises para siempre, con la ferocidad de los demás ojos. Junto a mí pasó flotando mi novia ahogada, impulsada por el temblor de su velo nupcial, medusa de amor y muerte.

Llovía. Llovía. Llovía. Llovía.

En el reloj de la catedral dieron las doce burbujas de la noche.

Llovía.


Comentario

«La atmósfera se había transformado en un mar sin peces».

Aunque se esforzó en vano por resistir el título durante su vida, Luis Buñuel es reconocido todavía como la figura en el mundo del cine surrealista del siglo XX. Sin embargo, poco se sabe de la existencia de su narrativa, por lo que este relato titulado «Diluvio», puede ser tomado como referencia de las preocupaciones del cineasta sobre lo estático y su deseo de conseguir movimiento en las imágenes cotidianas, lo cual no se limitaba solamente a la pantalla.

Cuando las palabras nos limitan, tenemos que encontrar otra forma de expresión. Esto puede ser el lema de Buñuel cuando convierte una escena de un día lluvioso, en algo de proporciones ‘oceánicas,’ rechazando tres veces las palabras que están disponibles para describir el estado del día, y en vez de eso caracterizar a la lluvia como un perverso protagonista del relato; una fuerza que saca lo peor de los ciudadanos. No obstante, ni siquiera este protagonista puede escapar al tratamiento implacable de Buñuel, cuando introduce el concepto cinemático del ‘ralentí’ o cámara lenta, un método que acentúa el efecto onírico del cuento y crea un sentido de impotencia mientras las criaturas repugnantes del mar empiezan a entrar en los edificios.

Quizás el interés de Buñuel en el entorno marino tiene que ver con su deseo de encuadrar este microcosmos e inspeccionarlo desde afuera, como peces en una pecera, aunque parece que el narrador en sí mismo sufre el mismo destino de su sujeto cuando se encuentra sus ojos ‘lejos’ de él, ‘con la ferocidad de los demás ojos.’ Parece claro entonces que el narrador está atrapado por su propia metáfora, y en un momento muy al estilo de la pintura de Dalí, se convierte en una figura desmembrada como los ‘vientres hinchados’ y ‘manos hambrientas’ del público, los códigos viscerales del surrealismo. Siendo así, la fijación de Buñuel con lo estático queda en evidencia con la transformación del narrador a personaje implicado en el cuento, repulsado y atraído a la vez por su aspecto grotesco que es revelado de manera explícita, así como el público que se describe.

La historia del relato de Buñuel continúa con la novia del narrador ahogada, y cargada de  imágenes absurdas que la hacen pasar de ser una Ofelia a una Medusa, con la alusión a sus propios ojos como el origen de su ruina, lo que nos hace contemplar entonces nuestro propio papel en esa caída. Buñuel guarda el mejor momento de comedia negra para el final, sin embargo, con su último juego lingüístico no hay una vuelta a la normalidad dada por la calma de una campanada del reloj, sino que se convierte en una metáfora ominosa de la superación, casi silenciosa, de la lluvia por sobre la ciudad.

Para Buñuel, la lluvia, la que saca lo peor del ser humano, «esa que no solo cae, sino que se queda», ha provocado un cambio en la ciudad de forma permanente.

Bridget McNulty

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