«Una casa de verano», un cuento de Doris Lessing [Comentado]

doris lessing nobel 2007

 

Compartimos este cuento de Doris Lessing, escritora británica y ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2007. Una casa de verano pertenece a la colección Cuentos europeos de editorial Lumen y fue publicado en 2008. Le sigue un comentario de Bridget McNulty.


UNA CASA DE VERANO

Doris Lessing

Durante mucho tiempo después de la guerra había por todas partes en Londres lugares llamados “sitios bombardeados”, y estos podían ser terrenos baldíos en donde los escombros habían sido despejados y en los que crecían adelfas formando jardines con árboles jóvenes y pájaros, o edificios que parecían estar enteros hasta que uno doblaba la esquina y veía una fachada sin soporte alguno o una casa cuyo techo o ventanas se nos presentaban como si fueran trozos de un encaje hecho añicos. Podía haber una manzana entera donde los restos de edificios parecían fotografías de explosiones de bombas, como si un viento lo hubiese aplastado todo. O de pie, sobre un sótano lleno de agua oscura, se podía observar el esqueleto de una casa con un hueco en la pared que dejaba ver una bañera rajada y tumbada de costado. Todas estas ruinas tenían letreros en los que se leía “Prohibida la entrada” y “Peligro: prohibida la entrada a los niños.”

Estas amenazas oficiales eran a menudo ignoradas. Años más tarde, en Berlín, una mujer que había sido niña durante la guerra me contó que entonces los niños solían jugar atraídos por la emoción que ofrece el peligro entre las casas que habían sido bombardeadas y algunas veces en calles enteras en ruinas y fue sólo después, mientras las reconstrucciones volvían a dar forma a la ciudad, que ella y sus compañeros de juego se dieron cuenta de que las ciudades no eran solamente una mezcla de ruinas y calles seguras.

Llevó mucho tiempo reconstruir y hacer desaparecer los restos de la guerra.

Cerca de Notting Hill, había en una esquina un terreno baldío con fragmentos de una casa por donde a menudo solía pasar caminando y algunas veces cuando estaba apurada lo cruzaba a pesar de los avisos de peligro. Estas ruinas tenían paredes destrozadas que rodeaban de forma desigual a un suelo de cemento en el que a un lado quedaba en pie una estufa a leña con una chimenea intacta aunque la pared trasera llegaba a la mitad de la repisa. Los otros cuartos estaban sólo sugeridos por las líneas de las paredes como manchas sobre la tierra. Sobre el piso de cemento la silueta de otra casa había sido esbozada con piedritas, pedacitos de ladrillos, fragmentos de loza, la mitad de una cucharita de té y el asa amarilla de una taza. Esta era una casa que si hubiese sido construida hubiera sido más grande que la casa de verdad que la albergaba con sólo dos cuartos en la planta baja, pues ésta tenía cuatro cuartos cuadrados con los espacios de las puertas abiertos al mundo. Un basurero de juguete con un manojo de cerdas por cepillo había sido usado para barrer el polvo del piso de cemento, que ahora se encontraba apilado alrededor de la casa como una muralla de defensa en la que habían sido clavadas ramitas, y a cuyos rincones habían volado las hojas de los árboles del pasado otoño.

Varias veces pasé por la casa de esta niña antes de verla, una niña menudita con descoloridos mechones de cabello y redondos ojos azules en una cara llena de pecas. Tenía puesto un vestido de verano de un rosado desteñido. Un sol de verano proyectaba sombras sobre las paredes destruidas de la casa. Pretendí no haberla visto y ella aceptó mi pretexto y esperó, y sólo pude echar un rápido vistazo para ver que había traído un collar con cuentas de plástico rosadas que había repartido en los cuatro cuartos para representar una silla, una mesa y supuestamente un sofá, pero quizás era una cama: cuatro cuentas estaban situadas a lo largo de una línea de piedras que representaba una pared.

En vez de pasar caminando por la acera, respetuosa de la ley, ahora siempre cruzaba por el sitio bombardeado y a través de las ruinas para ver cómo progresaba la casa de la niña. La podía ver fácilmente con sus ojos, porque qué niño no ha puesto guijarros sobre la tierra o cubos sobre una alfombra y ha visto fantásticas paredes y techos, ventilados pináculos y torres elevándose de los cimientos, todo lo que un adulto ve como basura o un revoltijo que debe ponerse en orden.

Ella iba ahí por las mañanas. La mayoría de las tardes podía ver que había estado porque el basurero y el cepillo habían sido movidos de lugar, los montones de polvo habían crecido, había nuevos tesoros en las paredes, una pinza del pelo rota, el cabo de un lápiz. Su casa no tenía la misma forma. En una ocasión, los cuatro cuartos habían sido colocados uno al lado del otro con los espacios de las puertas conectándolos. Otro collar de cuentas, amarillas, delineaban una pared interior mostrando que este cuarto había sido señalado como uno especial porque en él también había un frasquito de pasta de pescado con trocitos de adelfas.

Una tarde vine y la vi. Qué niña tan precavida y nerviosa, lista para ponerse en pie de un salto y correr. ¿Pero adónde? ¿Dónde vivía? Tenía puesto el mismo vestido rosa desteñido. Descoloridos y finos mechones se escapaban de una cinta rosada para el pelo. Sus pies estaban descalzos; me hubiese gustado que los míos estuvieran descalzos aquella tarde de calor. Sus ojos azules me miraban desafiantes. Ella esperaba, los nudillos de una mano tocaban el suelo como los de una corredora. Me quedé allí y sonreí, aunque sabía que la sonrisa no era la divisa adecuada. Cualquier tipo de traidor o adulto falso podía sonreír. Ella no debía estar allí, y lo sabía. Yo tampoco debía estar allí, pero esto ella no lo sabía: yo podía ser una representante de la autoridad o una persona entrometida. Seguí mi camino y la vi volverse a trabajar en su casa. Cinco cuartos tenía ahora esta residencia y un constructor podría haber hecho de ella una casa, o varias ya que su forma cambiaba de cuadrada a alargada y viceversa, y algunas veces un cuarto era dividido por una línea de fragmentos más pequeños y se podía ver con facilidad que representaba una medianera.

La verdadera estufa a leña contra la pared destruida detrás de su casa era parte de esta fantasía. Un sendero marcado con crayón de color rojo conducía desde su casa a la estufa, y a cada lado del sendero ella había garabateado con manchas de crayón, malvarrosas y flores como aquellas margaritas de cuatro pétalos pintadas en repasadores o bordadas en cubreteteras, con una pizca de polvo de ladrillo rosa en cada centro. El sendero conducía a la pared trasera en ruinas y una línea doble de crayón rojo trepaba por la pared hasta alcanzar el borde fragmentado; ella debía haberse tenido que poner en puntas de pie. ¿Adónde conducía aquel sendero o camino, qué se había imaginado haciéndolo terminar allí en el aire? ¿O quizás en su mente, los cuartos que una vez se habían erguido sobre estas habitaciones de la planta baja, aún estaban allí haciendo juego con las otras casas de la calle? Era una callecita de casas pequeñas, de dos habitaciones abajo y dos arriba. A lo largo de esta calle los niños jugaban, pero eran mayores que esta niñita, una pandilla de ellos, bulliciosos y veloces, correteando entre los coches. Aquella niña estaba más a salvo en su ruina que los mayores entre el tráfico.

Una tarde cuando el verano estaba llegando a su fin, tomé el mismo camino de siempre y me detuvo una cerca alta de alambrado. Había una puerta pero estaba cerrada con llave, y en el letrero se leía: “Próximamente, este sitio será reconstruido”. Me quedé parada mirando las paredes destruidas, y al suelo de cemento que había sido pisoteado por las botas de los albañiles, desparramando las piedritas y los pedacitos de ladrillo, las flores muertas y las cuentas de plástico. Miré hacia abajo y la vi parada cerca de mí mirando hacia adentro, sus manos flacuchas aferradas al alambrado. No me tenía miedo, ahora que nada peor podía pasar.

Ella tenía puesto un pulóver gordo sobre su viejo vestido rosado.

Sobre su cara corrían manchas de lágrimas.

—Van a construir aquí una nueva casa –le dije hablándole a su cabeza.

—¿Por qué?

Al principio no entendí ese grito de vocales porque aún era nueva en Londres y mis oídos no se habían acostumbrado al acento cockney.

—¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué? –se lamentó.

—Así la gente puede vivir en ella –le dije, y podría haber continuado con palabras de consuelo si las hubiese encontrado, pero se había echado a correr alrededor de la cerca al tiempo que gritaba, “Maaaa, maaa, maaa, maaa…” ¿Pero qué decía? Sonaba algo así como: “Man quitao mi casa”.

Cruzó la calle corriendo sin mirar si venía algún coche, y estaba golpeando la puerta de una casa justo enfrente de las ruinas. “Maaa, maaa, maaa…”, la puerta se abrió y allí estaba parada una mujer que con un brazo cogió a la niña y con el otro cerró la puerta mientras la niña se lamentaba de que le habían quitado su casa de tierra, le habían quitado su casa. Y desde una de las ventanas de arriba llegó nuevamente su llanto, su casa, su casa de tierra, “ellos” le habían quitado su casa.


Comentario

Londres en los años de posguerra. Un terreno baldío en una ciudad fracturada. Entre los escombros y los esqueletos de casas bombardeadas, el narrador nos presenta una imagen de esperanza, la afirmación de que a pesar de la devastación que le rodea, siempre existe la posibilidad de que los más jóvenes puedan corregir los errores del pasado. Observamos al narrador pasar por los escombros, mientras comenta que esta vista se ha convertido en la norma, hasta que se encuentra con una niña que cambia su actitud pasiva a lo que ve a diario.

Al principio las casas esqueléticas parecen como reliquias de un pasado que sería mejor olvidar, las señales de advertencia (“Peligro”, “Prohibida la entrada”) una representación literal del deseo de la comunidad de seguir adelante y poner los malos recuerdos de un país desgarrado por la guerra, en un lugar donde los ojos no los vean y el corazón no los sienta. Aunque cuando el narrador ve a la niña, que naturalmente esta atraída “por la emoción que ofrece el peligro” e incluso intenta a construir su propia casa entre las ruinas, nos enfrenta a un dilema de percepción. Lessing nos cuenta de los niños de Berlín en un tipo de prólogo y de cómo solo “se dieron cuenta de que las ciudades no eran solamente una mezcla de ruinas y calles seguras”, después de la reconstrucción completa de la ciudad. Nos quedamos con la idea de que ver la destrucción es algo normal. El deseo de proteger a los niños de la realidad del pasado, el hambre, la pérdida y el odio no va a funcionar. Los restos físicos sobreviven todavía. Es parte de su niñez estar consciente del orden y desorden que existen al lado. Ignorarlo sería cometer los mismos errores de sus antepasados.

Las ansiedades del narrador en resolver esta crisis de confianza en la juventud se acumulan en el retrato íntimo de la niña y su casa, que da voz a un personaje al margen, una víctima de una sociedad que no tiene los recursos para proveer para los jóvenes. En vez de encontrar regocijo en su propia casa, tiene que vivir en las ruinas de esta, marcando las divisiones de los cuartos con un “crayón rojo”, símbolo conmovedor de su inocencia. Es esa inocencia la que hace pensar que ella puede guardar la casa y continuar la remodelación a su manera, no con precisión, pero sí con una clara idea de lo que significa el concepto de hogar. La niña llena la casa con “todo lo que un adulto ve como basura o un revoltijo que debe ponerse en orden”, pero el tema de percepción es precisamente lo que Lessing quiere enfrentar en este cuento; quizás la generación mayor ha decidido que la única manera de progresar es destruir todo, aunque las acciones de esta niña muestran que este no es el caso. El deseo de empezar de nuevo se asocia con frecuencia a la juventud, pero esta niña quiere preservar una parte del pasado, un acto significativo incluso para su generación. El pasado no es algo que se pueda o se deba exterminar en una noche.

En Una casa de verano, Lessing nos presenta como un símbolo de esperanza, la imagen de una niña intentando ver lo bueno en lo malo, pero en vez de un final revelador, nos da la sensación de que el mundo le está fallando de nuevo. Si consideráramos este cuento como una alegoría para la generación de la posguerra, en un deseo de eliminar sus cicatrices, en la actualidad ignoraríamos la fragilidad de la generación perdida, y no nos daríamos cuenta que si no confrontamos la tragedia del pasado y la tratamos con cuidado, por doloroso que sea, no podemos seguir adelante.

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