CAPTAR LA VIDA: Entrevista a Henri Cartier-Bresson*

Bresson self portrait

El fotógrafo Henri Cartier-Bresson (1908-2004) forma parte de un selecto grupo de personalidades del siglo XX que alcanzó a representar a la Europa previa grandes guerras, a pesar de que su trabajo más conocido fue posterior a éstas. Como el cineasta Jean Renoir, Henri Cartier-Bresson habló del oficio fotográfico con detallado conocimiento sobre sus ritos laborales y viajes, y sin demostrar una gota de excesiva autoestimación. Sin embargo, la timidez y nerviosismo, que la periodista francesa, Yvonne Baby, capta durante su encuentro con él en 1961, hace pensar que el fotógrafo no se sentía cómodo al inicio de esta entrevista.

Cartier-Bresson derrocha prudencia en sus comentarios, aunque esté denostando a personas que para él no son fotógrafos profesionales, lo hace sin que se note, con una ligereza propia de quien no cae en polémicas, y al final, lleva la conversación a un estado de apertura donde queda manifiesta la obsesión que le permitió rebelar su mirada del siglo XX. Mirada que quedó grabada en la historia de la fotografía.

En el texto que a continuación se presenta, el fotógrafo se explaya sobre su trabajo como lo hace cualquier artista que respeta la inteligencia de su audiencia, sin detenerse en hacer análisis concienzudos ni metafóricos de su lenguaje pictórico. Las ideas que transmite sobre cómo abordaba el oficio de reportero fotográfico, a través del acercamiento cuidadoso y contemplativo de la realidad, más una relación casi biológica con su Leica, forman algunos de los principios que Henri Cartier-Bresson usó para retratar una época, la cual parece estar todavía permeada por su estilo en blanco y negro.


*Publicado en el libro: “Henri Cartier-Bresson. Ver es un todo“. Editorial Gustavo Gili. España. 2014.

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CAPTAR LA VIDA

Conocía su silueta intangible, que se desliza anónima y gris entre la multitud, su andar flexible, rápido, el encanto de su sonrisa, la inocencia de sus ojos azules. Había observado la movilidad de sus gestos, ni en lo más mínimo perturbada por la Leica que lleva consigo a todas horas y en todos lugares. Tenía el rostro tenso y la expresión de aguda concentración de quienes escuchan y observan al tiempo que persiguen una obsesión, un sueño, una idea.

Le había oído decir a los amigos que querían ver su trabajo “¿de verdad, no os aburrirá?”, al contrario del aficionado siempre dispuesto a organizar veladas fotográficas bajo el pretexto del turismo, la familia y la vacaciones de verano.

Atento, Henri Cartier-Bresson pedía consejo, preguntaba sin cesar, aunque en él se persibía, entreverada con la inquietud, la serenidad: era el hombre que duda y que sabe. Hablaba poco, nunca de fotografía, a la cual lleva treinta años dedicando lo esencial de su vida.

Le he vuelto a ver, en París, en la silenciosa atmósfera de su taller, abierto al cielo y a los tejados de la pizarra.

Regresaba de Londres y tomaba aquella misma noche el tren para Italia antes de abandonar Francia hasta el mes de septiembre. Reportero, viaja mucho, si bien niega ser un “globe-trotter”.

ESE 1/25 DE SEGUNDO

Por supuesto -dice-, soy curioso y cuando llego a un lugar, me gusta ver y comprender lo que sucede a mi alrededor. Lo que pasa es que necesito desplazarme despacio y evito los viajes en avión. Un fotógrafo no tiene que correr sino caminar, infatigablemente: entonces podrá captar lo que le ofrecen las aceras, las esquinas de la calle, la vida.

Para hacer un reportaje uno debe imponer la idea preconcebida que pueda tener de un país sino, por el contrario, corregirla. La importancia del tema y la fuerza de la foto sólo surgirán si uno consigue olvidarse de sí mismo. Solo con esta actitud se llega a tocar algo sensible. Ya sé que existen los aprovechados, los fabricantes de ilusiones. Pero estoy convencido de que la reflexiones de un aprovechado no bastan para dar un punto de vista sobre un hombre y un país.

Entrecortada, la voz de Henri Cartier-Bresson hace juego con su nerviosismo. A veces se detiene en una palabra y acto seguido retome el hilo, regresa a una frase anterior, sonríe y dice: ¿Comprende?. Elude las anécdotas, el relato de los detalles de su vida y añade que su biografía se puede encontrar en la agencia Magnum Photos.

Para mí -dice- , la fotografía es una manera de dibujar. La cámara me sirve para mirar de manera mecánica y óptica a fin de obtener la evidencia. La foto se hace aquí y ahora. NO tenemos derecho a manipular ni a engañar. Debemos librar una batalla constante con el tiempo: lo que desaparece ha desaparecido para siempre. Se trata de captar lo inmediato, el gesto fugaz, la sonrisa imposible de recuperar. Por esta razón, soy muy nervioso (cosa horrible para mis amigos), pero sólo una tensión permanente permite aferrar la realidad.

Mis fotos son variaciones sobre un mismo tema y doy vueltas alrededor del mismo como el árbitro de un combate de boxeo. Permanecemos pasivos ante un mundo en movimiento y nuestro único momento de creación es el 1/25 de segundo en que apretamos el botón, el instante de oscilación en que la cuchilla cae. Se nos puede comparar con tiradores que “lanzan” su disparo de fusil.

Hay que pensar antes y después, jamás mientras se fotografía. Nuestro éxito depende de la vivacidad, de la lucidez, de los conocimientos, sin embargo cada vez que una foto es deseada, fabricada, termina atrapada en el tópico.

EL FLASH, NUNCA

Yvonne Baby: ¿Cuáles son las relaciones entre pintura y fotografía?

Henri Cartier-Bresson: Fotógrafos y pintores deben afrontar las mismas reglas de composición y los mismos problemas visuales. Al igual que sobre un lienzo, sobre una foto lograda es posible trazar el cuadrado inscrito en el rectángulo, etc. Por esta razón me gusta el formato rectangular (24×36) de la Leica. Me apasiona la geometría y mi máxima alegría es verme sorprendido por una bella organización de formas. Solo de este modo adquiere el tema toda su amplitud e importancia. Jamás recorto una fotografía, si me veo obligado a reencuadrarla es porque era mala y nada podrá mejorarla. La única solución habría sido tomar otra mejor en el lugar y tiempo apropiados. Nos emplazamos con nuestra cámara en el tiempo, en el espacio y a la vez espiritualmente cara a cara con nuestro tema. Esta combinación inmediata me parece esencial.

Para nosotros la distancia es asimismo muy importante, y de un elemento a otro las relaciones se modifican tan sensiblemente como la tonalidad de una voz percibida de lejos o de cerca. No obstante, a diferencia del pintor que puede trabajar sobre un cuadro, nosotros procedemos por instinto y por intuición, en lo instantáneo. “Punzamos” detalles precisos, somos analíticos; el pintor, por su parte, opera por meditación y por síntesis.

No empleo el color porque, en su grado actual de desarrollo, no puedo controlarlo totalmente. Estando constantemente inmerso en una realidad en movimiento, me parece imposible resolver la contradicción entre el valor y el color. De modo que prefiero continuar con el blanco y negro que, a su vez, es una transposición. Jamás he tenido un flash, como tampoco se me ocurriría nunca disparar un revólver en mitad de un concierto.

Hay fotógrafos que inventan y otros que descubren. Personalmente me interesan los descubrimientos, no para hacer pruebas, experimentos, sino para captar la vida en sí misma. Evito los peligros de la anécdota y lo pintoresco, muy fáciles y más respetables que lo sensacional, pero igualmente perniciosos. En mi opinión, la fotografía tiene la capacidad de evocar y no debe limitarse a  documentar. Debemos ser abstractos, del natural.

Cualquiera puede hacer fotos. He visto en Herald Tribune las de un mono que se las apañaba con una Polaroid tan bien como algunos propietarios de cámaras. Justamente porque nuestro oficio está abierto a todo el mundo continúa siendo, pese a su fascinante facilidad, extremadamente difícil.

¿Por qué lo eligió usted?

Fotografiar me brinda un asidero inmediato al mundo, que puedo registrar a través de un detalle particular, significativo. Es un medio para comprender y una manera de vivir más intensamente. Me gusta la hoja de contactos, en ella se suceden las imágenes que muestran cómo se desplaza un fotógrafo por la vida. Me divierte enormemente y trabajo para el tema, no para la revista. No rechazo los encargos. ¿A quién, durante el Renacimiento, se le habría ocurrido despreciarlos?

Hace poco me pidieron que ilustrara el balance anual de un banco estadounidense. No sé nada de bancos y durante diez días fotografié todo cuanto vi. Me dijeron que mi reportaje era un comentario sobre “los trabajadores de cuello blanco” (el personal administrativo). Fue el mejor de los cumplidos, porque lo que yo buscaba, en esencia, era evocar la vida de los empleados entre las nueve de la mañana y seis de la tarde. Sentía por el banco el agradecimiento que uno siente por los padres que trajeron a este mundo a la chica de la que uno está enamorado.

También hice un reportaje para la fábrica Mercedes. Charlé con el personal, los ingenieros y deduje que el poder de la empresa se basaba en dos nociones: calidad y tradición. Un día en que deambulaba por un garage, vi a un tipo trazando con un pincel una diminuta raya de color sobre un automóvil modelo 300S. Tras fotografiarlo, me di cuenta de que acababa de tocar un punto importante que explicaba bien la calidad de Mercedes. La noción de tradición la descubrí entre los obreros reunidos para una recepción ofrecida en la fábrica por la escuela de aprendices.

Si me preguntan por el papel del fotógrafo en nuestra época, sobre el poder de la imagen, etc., no me apetece lanzarme a dar explicaciones, lo único que sé es que las personas que saben ver son tan escasas como las que saben escuchar. Hay tantos que piensan mediante conceptos…

Aquí, Henri Cartier-Bresson se interrumpe y dice en voz baja, como para sus adentros: “Resulta hermoso observar a un pintor que mira su cuadro durante largo tiempo…”.

“¡EH! ¡EL FOTÓGRAFO!”

No tengo ni “mensaje” ni “misión” -prosigue-, tengo un punto de vista. La fotografía es un medio de comunicación muy importante y somos responsables ante los millones de personas a los que llegamos con nuestros reportajes publicados en la prensa. No debemos bajar el listón subestimar al público, ni tampoco caer en el preciosismo. Los pintores pasan de la creación al museo y nosotros de la creación al consumo. Es necesario, pues, que todos nos entiendan, siendo como es cada uno de ellos un artista en potencia.

En 1946, Robert Capa, Chim, George Rodger y yo fundamos la agencia Magnum para poner nuestras fotos en cooperativa. Para nosotros fue un modo de independizarnos y al mismo tiempo tener una oficina que se encargara de las cuestiones comerciales y administrativas. Capa pisó una mina en Indochina y, ese mismo día, otro de mis socios, Werner Bischof, se despeñó por un precipicio en el Perú. A Chim lo mataron en Suez y ahora quedamos unos veinte, de siete nacionalidades distintas, y seguimos retratando lo que sucede en el mundo. No pertenecemos a ninguna escuela, pero compartimos una percepción de la responsabilidad del fotógrafo. Financiamos la agencia exclusivamente a través de nuestro trabajo y el no recibir un cheque a final de mes creo que no hace sentir ágiles, y hasta se diría que libres de espíritu.

El nuestro es un oficio muy modesto. Si llegamos a un lugar en el que nos conocen, si nos envía una gran revista, nos tienden una alfombra roja; si no, nos reciben como al señor que viene a reparar una cisterna y al que hay que vigilar para que no se lleve un cenicero. Nuestra profesión no está demasiado bien vista. Nos dicen: “¡Eh! ¡El fotógrafo!”, y luego “Envíeme las fotos”. ¿Por qué a nadie se le ocurre reclamarle diez mil francos al banquero, que manipula tanto dinero?

Los fotógrafos no tienen un estatus social muy claro, viven al margen y la gente a menudo se pregunta quiénes son estos tipos tan raros que van dando saltitos en la calle.

LEYENDO A SAINT-SIMON

¿Lamenta encontrarse al margen?

En absoluto. No quiero que me reconozcan, y a menudo me confunden con un alemán o un inglés. Si por casualidad alguien descubre quién eres, dice: “Es tal”, y adiós a la foto. Es maravilloso que haya tantos turistas con cámara: gracias a ellos nos mezclamos con la multitud y podemos mirar y trabajar con cierta tranquilidad. También me parece importante, en esta época en que a menudo tendemos a una inflación de individualismo, que un gran número de fotógrafos compartan una sensibilidad común y un aspecto casi anónimo. Hay que ser ligero (yo tengo una cámara de la que no me separo y solo cuando estoy haciendo un reportaje me llevo otros dos objetivos) y llegar de puntillas: cuando uno va de pesca no da latigazos con la caña sobre el agua.

Un día que estaba haciendo fotos en una venta de joyas, una dama se acercó a mí, inquieta: quería saber si yo era periodista. Como mis orígenes son normandos, no respondí ni si ni no, y en su lugar dije: “Soy un maníaco”. “Oh, eso está muy bien”, me dijo la dama, “entonces prosiga”. Es cierto, la foto para mí es una manía, una obsesión, un fanatismo. cuanto sé de fotografía pintando en el taller de André Lhote, leyendo a Saint-Simon, Stendhal, James Joyce, el diario Le Monde y aprovechando las críticas de mis camaradas. Soy lector de Le Monde, del New York Times, del Observer, del Manchester Guardian porque no contienen imágenes. Las imágenes las encuentro por mi cuenta y prefiero conocer el análisis de una situación para saber adónde debo ir.

El trabajo de Brassaï, de William Eugene Smith, de muchos jóvenes de Magnum y de otros lugares, los retratos de Man Ray, constituyen un estímulo para mí, en cambio cuando veo fotos malas me entristezco y, para devolver las cosas a su sitio, contemplo pinturas.

¿Qué quedará de todos estos documentos fotográficos? Por mi parte, yo solo pienso en la próxima foto. Esta mañana he salido a la calle y, cerca del metro, he tomado dos fotos: de este modo llevo mi diario íntimo, dibujo esbozos. Las grandes fotos escasean, y cuando alguien me pregunta “¿Cuántas fotos hace al día?”, sólo puedo responderle: “¿Cuántas cosas interesantes ha oído y anotado hoy?”. No creo en la inspiración.

Estoy convencido de que hay que trabajar, aunque uno de mis amigos, a quien le hablaba de estas cuestiones, me dijo: “En el fondo, tú no trabajas, tú te entregas a un puro placer…”.

Me gustan los principios, me horrorizan las reglas. Cuando voy al cine, siempre me preguntan si me ha gustado la fotografía. ¿Por qué? Me intereso por la historia de la película, del mismo modo que, en la calle, pienso en lo que veo.

Ante los cortinajes indios, rosa y castaño, Henri Cartier-Bresson ha ido del sofá a la butaca, más cómo de pie que sentado. De vez en cuando ha inclinado levemente la cabeza, entornando los ojos, como si mirase un cuadro, como si quisiera fotografiar.

Si dejara mi oficio -dice-, sin duda pintaría. Pero -añade- no puedo hacer dos cosas tan cercanas y tan contradictorias a la vez.

Primera publicación: Yvonne Baby, “Le ‘dur plaicir’ de Henri Cartier-Bresson”, L’Express, núm. 524, 29 de junio, 1961, págs. 34-35.

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