«A la mesa», un cuento de Inés Bortagaray [Comentado]

Crédito foto: Magela Ferrero (Revistapenultima.com)

Crédito foto: Magela Ferrero (Revistapenultima.com)

Presentamos este relato de la escritora uruguaya Inés Bortagaray, “A la mesa”, que formó parte del número dedicado a la literatura latinoamericana, de la revista Zoetrope: All-story, creada por el cineasta estadounidense Francis Ford Coppola, correspondiente a la primavera del año 2009. Inés Bortagaray es autora de los libros de Ahora tendré que matarte (2001) y Prontos, listos, ya (2006). También ha sido co-guionista de las películas Una novia errante; de Ana Katz y La vida útil; de Federico Veiroj, entre otras.

El comentario al pie es de Georgina Fooks.


A LA MESA

Inés Bortagaray

El mantel es blanco. Cubre todas las esquinas de esta larga mesa de madera puesta a lo largo del jardín, y llega a rozar el suelo. Sobre el mantel hay platos, fuentes, cucharas, cucharones, cuchillos, servilletas, tenedores, botellas, jarras, flores, migas de pan. Alrededor estamos nosotros, la familia unida. Todos sentados a lo largo de esta gran mesa que ocupa dos parcelas de quinta, la nuestra y la de los otros, los parientes. No somos tan ruidosos como una familia italiana ni se hace el gran escándalo ni el borracho da la nota, pero igual somos borrachos. Todos tomamos vino, por ejemplo. La mesa está rota, cortada en dos, pero nadie parece notarlo. En el medio la mesa se corta y unas astillas sobresalen del mantel, lo rasgan antes del ruedo, emergen como púas.

La mesa se corta en dos entre las dos parcelas. De un lado quedamos nosotros; del otro, los parientes.

La pequeña esposa de mi primo alto, el de boca mojada como un pez y orejas de cera rebosante, viene hacia mí desde la otra mesa con gesto de arrojo (tras los cristales gruesos de sus lentes aparecen los ojos de indignación de muchacha provinciana que aún a pesar del encierro se hace temer, la de la lengua ácida). Se para frente a mí y me increpa: ¿por qué dijiste que mi tía es puta? Yo le digo: yo no dije nada, momentito.

Momentito: estoy recordando.

Hace veintisiete años dije algo. Dije, mirando la foto de la boda de la tía de la actual esposa de mi primo, dije: esta es una puta. Yo había aprendido la palabra puta y la usaba por vanidad. Mi vanidad se debía a haber aprendido a usar con ligereza algo que no parecía tan liviano.

La palabra. Esta es puta esta no es puta esta es puta. Yo no soy puta. Yo no soy una cualquiera.

Aunque sí, puede ser que lo haya dicho, mil perdones. Ella me mira y los ojos que veo son tan grandes, oh, qué grandes esos ojos que me miran detrás de los cristales engordados, cóncavos, amarillentos, y yo pienso que ya no son de ira esos ojos que ella tiene sino de tormento. Por qué esperar tanto tiempo para vengar a la tía puta, yo pienso. ¿Por qué me lo decís ahora, cuando ya pasó tanto tiempo? No demora, y dice, como si mordiera: Porque vos y tu madre y tu abuela tienen que tener un merecido. Yo sí demoro. ¿Un merecido por qué? Vuelve a morderme. No estar tan campantes, en esta mesa, cuando bien se sabe que son víboras. Me molesta más lo de campantes que lo de víboras. Yo no siempre salí ilesa de las críticas ajenas. Me cuido mucho de hacerlas, de decir: este es un vanidoso, aquella está llena de amargura. Es por eso que lo hablo más conmigo que con el resto y entonces me digo: qué vanidosos que estamos hoy, cuánta amargura me viene encima.

Dejo de prestarle atención a la esposa de mi primo el de la saliva y miro a una niña de rizos rojos que se ha venido a sentar a mi lado. La miro y no sé quién es, de qué pariente es hija. Se sienta como señorita entre mi hermana y yo; las dos la miramos con sorpresa. No nos pelea ni tampoco está jugando. Parece haber encontrado el lugar exacto para ella. Las piernitas le oscilan sin llegar al piso. Las mueve como si bailara, y noto unos minúsculos pelos rosados en las rodillas, en el borde de piel que queda libre entre las medias caladas y el organdí del traje. Rozo con mi dedo sus rodillas y ella se estremece y se ríe. Entonces me arrodillo y ella salta de la silla y nos ponemos a jugar bajo la mesa. Dice que se llama Olinka y que su nombre es ruso como el de algunas princesas. Jugamos a hacer caras de las feas y yo le gano. Afuera sigue el barullo, pero se oye apagado por el peso del mantel. Afuera alguien dice: nuestra ensalada es por lejos la mejor. Olinka se saca los zapatos y las medias caladas y me muestra su pie. Se lo huele y me lo da para que yo también lo huela. Lo huelo y le digo: ay, qué pie más asqueroso. Después vamos a los pies de la familia y se los olemos a todos. Algunos nos gustan y otros no. A ella le gustan más que a mí los pies de la familia. Los pies de mamá huelen rico. Tiene sandalias color café con tiras de cuero que se cruzan adelante. Mi hermana se rasca el empeine con la punta del zapato. Cuando acercamos las narices hace un movimiento brusco y le golpea el mentón a Olinka, que justo está oliendo. Olinka comienza a lloriquear y yo le tapo la boca con mi mano. En la mesa se hace silencio. Alguien ahoga una exclamación y se oye un zumbido.

Me acurruco entre las piernas estiradas de mi padre (sé que ahora yace satisfecho con la boca casi sonriente, plácida, y esos ojos de ausencia dichosa, de momento previo al desencanto) y atraigo a Olinka contra mi pecho como quien aprieta a un niño durante el estallido de una bomba.

La discusión entre las mesas da comienzo entonces.


Comentario

El cuento comienza con sencillez, con una descripción realista del entorno familiar; se nota el estilo visual de la autora uruguaya Inés Bortagaray desde el inicio de la historia y su influencia cinematográfica. La autora presenta la mesa como el lugar donde la familia se une y reúne, y expone la idea de la “familia unida”, una imagen que se desintegra de forma paulatina. Las primeras señales aparecen justamente en la mesa, que está “rota, cortada en dos”. Incluso cuando la autora describe a la familia, se nota la división entre el “nosotros” y los parientes; las referencias constantes a la mesa cortada y a la separación de la familia en dos grupos, sugieren que esta no es tan unida como parece.

El conflicto entre la esposa y la narradora presenta un ejemplo de las tensiones que parecen escondidas al comienzo del cuento y que a menudo siguen encubiertas en las familias durante mucho tiempo. La confusión de la narradora indica la manera en la que algo insignificante para una persona puede afectar a otra durante muchos años; es claro que su comentario ha permanecido en la mente de la esposa.

La pregunta hace que la narradora recuerde su pasado de manera específica. Aunque su edad no es fácil de detectar, el lector puede intuir que ella era más inmadura en ese tiempo, por la manera en la que juega con las palabras. De manera infantil, la palabra “puta” se usa con ligereza y sin tomar en cuenta el verdadero significado, lo que provoca la discusión familiar y el tormento de la esposa. Resulta claro que esto sirve como pretexto para una discusión que involucra a la madre y a la abuela de la narradora también.

La narradora logra escapar a este argumento cuando encuentra a una niña, Olinka, quien le ofrece la posibilidad de abandonar el mundo adulto, con todos sus problemas y discusiones, y volver al mundo infantil. Parece que ella regresa a su infancia con el juego; ahora la mesa sirve como barrera física entre ella y el barullo afuera. Se esconde de los problemas de la familia, y cuando la paz que reinaba bajo la mesa está rota por un golpe a Olinka, la narradora sigue comportándose de manera infantil, acurrucándose entre las piernas de su padre.

A pesar del papel de niña que tiene la narradora, al mismo tiempo se comporta como madre cuando protege a Olinka después del golpe. La referencia al estallido de una bomba hace pensar en una guerra y en este conflicto entre la familia dividida. En el final del cuento comienza la discusión; a pesar de los esfuerzos de la narradora para evitarla y perderse en el mundo infantil, no puede escapar al conflicto. En este cuento de Inés Bortagaray, se exploran las divisiones entre familias y la brecha generacional entre los niños y los adultos. También se sugiere que los niños puedan evitar los conflictos y esconderse bajo la mesa, pero no los adultos, ellos sí tienen que enfrentar los problemas.

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