«Un poco menos Alessia», de Mario Guajardo [Ganador Concurso Arte y Derechos Humanos 2017]

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Presentamos el cuento del autor chileno Mario Guajardo Vergara, Un poco menos Alessia, con el que ayer lunes 27 de noviembre, recibió el 1° lugar del Concurso Nacional Arte y Derechos Humanos 2017, categoría Cuento, galardón que ya había recibido en el año 2015 por el relato Betiane.

Mario Guajardo Vergara nació en 1985 en Santiago. Es Licenciado y Magíster en Literatura por la Universidad de Chile. Es autor del libro Y aquí me voy a quedar (2013), un ensayo sobre la obra de Roberto Bolaño y del libro de cuentos Las armas que no disparamos (2017). Actualmente trabaja como profesor de Lenguaje en la comuna de Estación Central.

Agradecemos a Mario por autorizarnos a publicar este cuento, hasta ahora inédito, en Barravento.


UN POCO MENOS ALESSIA

Mario Guajardo Vergara

La Gitana la aprieta entre sus brazos y le pregunta cómo está, ignorando, como siempre, al guardador del Hogar y a la gendarme. Alessia responde que bien, gracias, aunque la verdad es que debe controlar el pánico, le gustaría salir corriendo. Cada vez que entra en este lugar le parece que es la última, para siempre. No sabe qué es, pero lo oye entre los gritos, los chiflidos y los llantos de las otras reclusas; lo palpa entre los besos y las caricias de la Gitana; y lo siente sobre todo el cuerpo, bajo el peso de las miradas de las funcionarias, como si con los ojos así, a medio cerrar, le dijeran que este pedazo del mundo también ha sido construido para ella. Sin embargo, como en cada visita, es la mirada de la Gitana la que la espera desde siempre y Alessia calla. Aunque en el Hogar y en la calle no la para nadie, aquí se esconde entre el abrazo y las pulseras de la Gitana, para que el sonido de su respiración desaparezca entre esos pechos de los que nunca pudo beber. «Algún día nos vamos a volver a Milano, hijita». Alessia la mira, pero no a los ojos, no todavía. Antes sonreía, pero el cuento es el mismo: la Gitana gasta los primeros minutos en recordar sus días en Italia, lo fácil que era trabajar allá, lo feliz que fue junto a su padre, las historias de cómo se hacía pasar por argentina para no caer al mismo saco que los otros chilenos delincuentes. «Io sono argentina, mi chiamano la Zingara». Alessia le quiere contar a la Gitana que en la calle y en el Hogar le dicen así, la Zíngara, aunque no falta el que le dice Gitana Chica y ella ha tenido que defenderse. Pero no dice nada y la escucha recitar todo ese pasado de oro antes de ella misma. En esta parte de la visita, Alessia siempre quiere preguntarle por qué se resistió a darle de su leche, por qué todo era tan bueno allá en Milano, por qué nunca dejó que le dijera mamá, pero se anuda todo eso en la garganta y deja que la Gitana termine su recorrido por el pasado antes de Alessia, para luego entrar a la otra mitad de la visita, la parte del futuro.

Mientras la escucha y le rehúye los ojos, Alessia intenta dejarse conducir por las promesas, pretende no pensar en esa pieza, en esas cosas, en ese mundo y esos muros que la estrujan tanto como le aprietan las zapatillas viejas que la obligan a ponerse en el Hogar. La Gitana habla de un futuro junto a su hija en Milano y Alessia escucha cómo detrás de la Catedral, de La Scala y de la Biblioteca Ambrosiana, se filtran el ruido, la bulla y el griterío que también son la prisión, observa cómo todos los colores se tiñen de sombra y mugre, todo envuelto en el olor anaranjado del Chanel N° 5 con el que su madre se empapa como si fuera una pócima, como si fuera suficiente para evocar el futuro del otro lado. Alessia quiere habitar las palabras de la Gitana pero no puede evitar pensar que hablar del futuro ahí, precisamente ahí, le sirve a su madre lo mismo que las pulseras y el perfume, lo mismo que a las otras reclusas les sirve andar con las uñas tan pintadas, tan limpias y bien peinadas, con esos aros tan grandes. Quieren conquistarse a sí mismas, piensa Alessia, conquistar un futuro, como si conquistaran la amenaza del porvenir. La Gitana le cuenta que está haciendo conducta en la cocina, «le sirvo rancho a todas las peucas, yo, hija, que ni a tu papá le había servido un vaso de agua sin mirarlo feo, aquí estoy, sirviéndole a las chiquillas con la cara llena de risa, todo por estar contigo, mi niña, todo, todo». Alessia la escucha y se deja abrazar otra vez. Quiere decir te quiero, mamá, pero se aguanta. Quiere que llegue pronto el final de la visita, el momento cuando se enfrenta a la mirada de su madre y ella se queda como suspendida al verse ahí tan insignificante y tan atrapada, pero todavía no llega ese momento, ahora es cuando la Gitana se disculpa como si ella fuera un juez, «Yo no tenía conciencia, hija, pero ahora entré en razón, como se dice», y Alessia sabe que está mintiendo. Entonces se pierde entre las cicatrices en el antebrazo de su madre y trata de imaginar qué siente la Gitana cuando tajea su nombre, el nombre de su propia hija, ese tatuaje tiritón y desteñido que apenas dice Alessia, y sabe que cuando es tiempo de pensar en las mentiras de la Gitana es también el tiempo de mirarla por fin a los ojos y observarse a sí misma ahí, Alessia dentro de los ojos de su madre, encarcelada dos y tres veces en esa mirada tan parecida a la suya. Alessia quiere mirarla directo a los ojos y gritarle sus ganas de salir corriendo, gritarle que a veces quiere vivir con ella y otras veces no quiere volver a verla, que ya no soporta esa pequeña cárcel que es el Hogar, que no soporta sentir esa parte de ella que se pierde al interior de esos ojos encarcelados, pero Alessia no sabe cómo decir todas esas cosas, solo sabe que después podrá desquitarse contra sí misma con un paraguayo, con alguna pastilla, con un poco de bencina. Se despide sonriente mientras la Gitana le promete y le miente que pronto estarán juntas allá afuera. Como al final de cada visita, Alessia llora para adentro, en silencio, por esa parte de ella que se queda otra vez entre los ojos de su madre, porque cada vez es menos Alessia y más la Zíngara o la Gitana chica, porque de tanta visita y tanto pedacito sabe que un día, aunque no quiera, se va a quedar entera y para siempre.

 

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